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Discurso de Hermann Tertsch en la cena de Gala de la Comunidad Judía de Madrid

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Querida presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre, estimado presidente de la Comunidad judía de Madrid, Samuel Bengio queridos amigos todos los congregados hoy aquí en la Fiesta de Gala de Or Januká del 5772. Un saludo lleno de afecto a todos los presentes. Y también a los ausentes. Y entre ellos, me permitirán un especial recuerdo, lleno de cariño, reconocimiento y admiración a Mauricio Hatchwell, el amigo inolvidable, mío y de tantos de Ustedes, que nos ha dejado este año. Su amor poderoso y generoso, su inteligencia extraordinaria, su entusiasmo por la vida y su energía contagiosa, son un ejemplo y un regalo precioso que nos legó a todos los que tuvimos el privilegio de su amistad.

Sólo aquellos que me conocen bien saben lo profundamente que me emociona y me honra que me hayan elegido para hablarles hoy aquí a todos Uds. Alguien que, como yo, se dedica a escribir y a describir, a analizar y a narrar el presente, tiene siempre dos opciones. Puede lidiar con lo inmediato, sacando rápido provecho al acontecer diario y a los vaivenes políticos y sociales. Al fin y al cabo, el periodismo es por antonomasia el trato con lo perecedero, sea un hecho, una idea o una sentencia.

Yo siempre he creído en un periodismo que va más allá. Que aporta contexto histórico, cultural y político al acontecer. Que busca las razones profundas tras la aparente banalidad de los hechos. Que expone la reiteración del factor humano y la pulsión del pasado sobre el presente, más allá de la descripción mecánica de los acontecimientos. He aprendido de cientos de periodistas. Pero entre los que más me ha marcado está Egon Erwin Kisch, contemporáneo de Kafka y judío praguense como él. Era un maestro en el encuadre del acontecimiento en la historia, también en la historia con mayúsculas. El mundo de Kisch, nacido aun en el Imperio Austrohúngaro y muerto en 1948, es un mundo del que culturalmente me siento miembro. Que me ha marcado cultural y sentimentalmente como ningún otro. El periodismo centroeuropeo, desde Karl Kraus a Victor Adler o Kurt Sonnenfeld, que se suicidó, acosado por la peste nazi, era una potencia cultural y humanista. Dirigida por todos estos grandes periodistas judíos que eran los que mejor sabían preguntar.

Es el de Isaac Bashevis Singer con cuyos cuentos mejorábamos en casa el inglés. Un inglés tan salpicado de términos yiddish como el alemán de Friedrich Torberg y su inolvidable Tante Jolesch. Y las narraciones de Manes Sperber. U otro sefardita austrohúngaro, Elias Canetti o el genio del periodismo y el relato que fue aquel judío de la remota Bukowina que se llamaba Joseph Roth. Es en resumen la Mitteleuropa, una patria cultural que siempre se sumó a la española en mi identidad caleidoscópica. O sí se quiere utilizar un insulto propio de las mentes torpes y cerradas del nacionalismo o de los odiadores desde el igualitarismo ideológico, un insulto por cierto tantas veces utilizado contra los judíos, mi cosmopolitismo. Siempre eso sí profundamente europeo.

En este mundo centroeuropeo, el elemento judío es el aglutinador espiritual y el catalizador de la efervescencia cultural. Ahí están muchas de las claves que se han convertido a lo largo de mi vida en referentes en el esforzado intento cotidiano por comprender el mundo y convertirme en mejor persona. Entre las frases más profundamente grabadas de mi niñez tengo la de la explicación de mi padre a una escena en un colegio en un shtetel, un pueblito judío, en la Polonia profunda a una decisión en principio sorprendente al repartir los elogios un rabino. Supongo que sería de un cuento de Bashevis Singer. Me explicó mi padre: “El mejor no es el que cree saber más, sino el que mejor pregunta”. Siempre lo recuerdo. Hacer siempre la mejor pregunta, buscar las fisuras entre las realidades y por los laberintos y contradicciones de la lógica y la vida.

Buscando, siempre buscando, verdades. En busca de lo auténtico. Que siempre es lo bello y lo bueno. Y siempre haciendo preguntas. Queriendo siempre hacer, hacerse a uno mismo, las mejores preguntas. En el trabajo y en la vida, este esfuerzo por la superación, por la educación continua, de curiosidad y ganas de conocer y entender, de admiración y emulación de la excelencia, de la sana envidia de la bondad ajena, de humilde conciencia de la vulnerabilidad y firmeza en la vocación de la verdad. Son las máximas que siempre han estado marcadas por aquella frase de mi padre y la imagen del pupitre con niños con tirabuzones con la mano alzada.

Aquel mundo del que les habló es un mundo que se hundió en el infierno de los hornos crematorios del Holocausto. Así hemos llegado al acontecimiento central de la historia. Y que tienen no por casualidad a los judíos como trágicos protagonistas. Es el acontecimiento histórico que condensa todas las energías del choque brutal de las fuerzas del bien y del mal. Allí se juntan todos los caminos para el combate frontal entre la barbarie criminal y la cultura de la humanidad, la bondad y la belleza.

El holocausto es el hecho filosófico central de la historia moderna.

En el que se enfrentan con toda radicalidad total los dos proyectos posibles del hombre sobre la tierra. La negación y la afirmación del hombre en Dios, del carácter sagrado del ser humano. En un lado el proyecto de bondad, humanidad, amor, libertad, inteligencia, humor y compasión. En el otro la bestial certeza de la aniquilación, la inapelable apuesta por el hombre sin alma del nazismo. Quienes no entienden esto, quienes son incapaces de ver su carácter único, carecen del elemento fundamental para analizar la evolución posterior de la modernidad.
Aquí en España esto por desgracia es evidente. El aislamiento de España durante muchos años es una explicación. La desgraciada falta de conocimiento y reflexión sobre el Holocausto lleva a muchas confusiones. A mucha superficialidad en el juicio. Y todos Ustedes lo pagan de alguna forma con un antisemitismo que hoy se disfraza preferentemente de fobia a Israel. En el fondo es el mismo que el medieval, germen después del antisemitismo político moderno que lleva al Holocausto. El miedo y el odio al diferente que existe en todas las comunidades humanas siempre se volcó contra los judíos a lo largo de la historia. Con la modernidad, las ideologías que luchan contra la pregunta, contra la duda, contra el pensamiento y por tanto, contra la libertad y contra la pluralidad, tienen hoy el mismo objeto de odio obsesivo. Pero como los judíos casi desaparecieron con el Holocausto en Europa y en Oriente Medio después de las sucesivas guerras a partir de 1948, –en España 500 años antes– hoy ese odio se concentra en Israel. Todas las ideologías, religiosas o no, que combaten la pregunta, la discrepancia, niegan la libertad y la supremacía del individuo, ven a Israel como un enemigo. Es regla sin excepción. Toda vocación totalitaria odia a Israel como objeto de su fobia contra lo judío, el máximo exponente de una libertad que no pueden aplastar más que con la liquidación.

Y aquí entro en el terreno de la absoluta incertidumbre de una actualidad en pleno movimiento que me ha pedido mi querido Samuel Bengio repase brevemente. Israel vive rodeado de enemigos. Son enemigos que se hallan hoy en plena efervescencia interna. ¿Serán en el futuro más o menos enemigos de Israel? ¿Habrá posibilidad real al final de este camino de una convivencia más abierta y pacífica o habrá que resignarse a que las próximas generaciones en Israel continúen en permanente estado de guerra? La respuesta fácil es que es imposible decirlo hoy. Porque el camino de las sociedades árabes ahora sublevadas contra sus dictaduras acaba de comenzar. Y sería iluso esperar pronto en ellas estabilidad. Ni para bien ni para mal. Por supuesto que se equivocan los ilusos que vieron en las insurrecciones el amanecer de una pronta democracia en los países árabes. Pero creo que tampoco tienen razón quienes consideran que está ya escrito que los nuevos regímenes caerán en manos de los peores. Y que pronto todo todos aquellos países tendrán tiranías salafistas o jomeinistas. Nadie dude de que Arabia Saudí e Irán lo van a intentar y rivalizarán en ello. Ambos son enemigos mortales de Israel pero también de la libertad de los países árabes.

Pero nadie debe olvidar que estas dos metrópolis del fanatismo –no sólo en Oriente Medio- sino en todo el mundo, tienen también los pies de barro. Teherán tuvo que reprimir a sangre y fuego a su propia juventud en el 2009. La desafección interna crece y la movilización ideológica ya no cuaja. Teherán puede ser pronto otra pieza en el dominó. Riad también lo teme. Aplasta los levantamientos en Bahrain y otros puntos. Pero sabe que no podrá comprar indefinidamente su estabilidad sembrando la desestabilización lejos de sus fronteras. Arabia Saudi e Irán son los más activos enemigos de Israel y Occidente. Y no sólo en Oriente Medio. Unos como exportadores del wahabismo por todo el globo. Véase Pakistán. Y los otros, los ayatollahs, con operaciones más clásicas de Estado totalitario, como la penetración ya alarmante en Latinoamérica a través de la plataforma que es el régimen de Chávez en Venezuela.

Pararle los pies a Arabia Saudí en la actual coyuntura económica mundial parece imposible. Para el régimen de Teherán yo creo que la situación es más precaria. Y que pronto puede contar con contestación interna pero también con un ataque exterior. No sé si lo hará Israel en solitario o no. Sí sé que Occidente no se puede permitir un régimen como el actual con armamento nuclear. No digo Israel, que se sobreentiende. Digo Occidente. Y evitarlo es tarea de todos.

Hay otro actor principal en Oriente Medio que es Turquía. En permanente rivalidad con los dos anteriores por la hegemonía en la región. En el marco de esa lucha por la popularidad y hegemonía en Oriente Medio hay que entender la hostilidad hacia Israel de que hace gala el primer ministro Erdogan. La lucha de esas tres fuerzas se verá pronto con la implosión del régimen sirio de Assad, donde podríamos estar ante una muy cruenta guerra civil. Pero también Turquía sobrevalora sus fuerzas. Especialmente Erdogan ha caído en una megalomanía de la que pronto se podría ver obligado a bajarse. Por un pinchazo de la burbuja económica turca y consiguientes problemas internos. Y porque Ankara infravalora el recelo árabe al antiguo ocupador otomano.

Para concluir esta rápida e incompleta visión panorámica. Aunque algunos países, quizás Túnez, quizás Libia, puedan entrar en relativa estabilización de un régimen aceptable evolutivo, la inestabilidad –muchas veces violenta- será la tónica reinante en muchos vecinos de Israel en el futuro previsible. Pero las minorías urbanas ilustradas y la inmensa mayoría que es la juventud, cada vez más informada sobre el mundo exterior, no se van a conformar con cambiar una dictadura por otra. Exigen libertad y se miran en nuestras sociedades que son sencilla e inequívocamente mejores. Me adhiero por tanto a la visión del presidente Simon Peres, -expresada por cierto durante su visita a España, en el hogar madrileño de nuestros queridos Mauricio y Monique-. De que lo empezado hace tan sólo un año ahora en Túnez, que ha derribado ya cuatro dictaduras, no tiene por qué acabar de la peor forma posible.

Esperanza, cautela y vigilancia. Cierto, las posibilidades de influenciar la evolución son mínimas. Habrá que estar atentos y aprovecharlas. Para ayudar a quienes defienden una sociedad como la nuestra. Pero habrá que estar siempre con la guardia alta. Nuestros enemigos han de temernos. Y el baremo para medir la calidad de los nuevos regímenes será precisamente su actitud frente a Israel. No hay mejor baremo. También para las sociedades occidentales. Dime como te llevas con tu comunidad judía, dime como te llevas con Israel y te diré cuál es la calidad de tu democracia y tu respeto a la libertad y a la sociedad abierta. Lo hemos visto en Madrid. Y lo simboliza como nadie Esperanza Aguirre. Esta calidad ha mejorado sin duda con la desaparición de ciertos responsables de ayuntamientos que gastaban parte del erario público en el activismo a favor de grupos terroristas como Hamás, disfrazados de flotillas u otras ideas imaginativas.

Está bien que agradezcan a la presidenta de la Comunidad su compromiso con los judíos madrileños y con Israel. Pero también deben saber que quienes lo hacen con tanta convicción como ella, y yo me incluyo, sabemos que defendiendo a nuestra comunidad judía defendemos la calidad humana y política de nuestra democracia. Como sabemos también que la defensa de Israel es la defensa del bastión capital de Occidente, del mundo libre. Una defensa que jamás se puede delegar ni confiar a la buena voluntad del enemigo. Que nos odia con razón porque nuestra existencia revela su indigencia.

En la defensa de Israel defendemos la civilización que ha generado la sociedad democrática occidental, de raíces judeocristianas, la más libre, próspera y compasiva que jamás ha existido en la historia de la humanidad. Esperanza Aguirre y yo estamos de acuerdo en muchísimas cosas. También en que en el permanente conflicto entre la brutalidad totalitaria y la sociedad abierta de la libertad, la humanidad, la compasión y la excelencia, Israel somos nosotros. Nosotros somos Israel.

 

Hermann Tertsch, 17 de Diciembre de 2011