El negacionismo

El término negacionista se acuñó para aquellos apologetas del nazismo que buscaban lavar el legado de sangre y horror de ese régimen inhumano y de sus crueles masacres contra pobres civiles. 

Lo hacían contra toda evidencia, contra las pruebas concluyentes, contra el sentido común y un mínimo sentido de humanidad y decencia. La premisa era: lo que sucedió, lo que visteis que sucedió, no sucedió, y por lo tanto, las víctimas no fueron víctimas sino impostores, el sufrimiento no fue tal, así que no hace falta prevención alguna para que no vuelva a ocurrir. 

Cualquier prueba de la brutalidad extrema era insuficiente para los cómplices de los asesinos, recurrían a cualquier repulsiva táctica de blanqueamiento de los verdugos  criminales escupiendo sobre la memoria de sus los damnificados por sus carnicerías.

Hacía falta una depravación, un embrutecimiento, una alienación sin límites. Pero no faltaron voluntarios. Cómplices. 

Su abuso de la libertad de expresión resultaba tan excesivo e inmune a argumentos lógicos, su criminalización de las propias víctimas tan peligrosa y su incitación a acciones de odio tan inminente, que muchas democracias garantistas no temblaron a la hora de ilegalizar esas expresiones negacionistas.

Hoy asistimos a un fenómeno calcado, ejecutado por todos aquellos que niegan la extensión y la crueldad ilimitada de las bárbaras acciones de Hamás contra civiles israelíes, en particular la extrema violencia sexual contra las mujeres por parte de los terroristas. Aquí tenemos un ejemplo.

No os ocultamos el artículo. Los negacionistas buscan divulgación, notoriedad difusión. ¿Entonces? Pensamos que es importante que conozcáis la naturaleza de la bestia a la que nos enfrentamos. 

Esta publicación es la revista de cabecera del mundo de Sumar-Podemos y su autora, precisamente, la encargada de asuntos de feminismo. Haced un esfuerzo y leedlo. Este es el marco ético, ideológico y mental de gente que está en el gobierno de España. Esa que, aunque tuviera sus manos metidas en las vaginas y los rectos de las mujeres violadas, aunque tuviera en sus manos los pechos seccionados, sus cabezas cortadas, aunque tuviera delante a los dementes con sus pantalones bajados y recién eyaculados, todo le parecería insuficiente evidencia y lo seguiría negando todo.

Se llama Nuria Alabao: https://twitter.com/nu_alabao/status/1731628845780934842

«La violación como propaganda de guerra en Israel

El Gobierno de Netanyahu intenta manipular el marco internacional de lucha contra la violencia sexual para justificar sus crímenes de guerra

La propaganda israelí durante esta guerra es no solo profusa, sino completamente desvergonzada, impulsada por la sensación de impunidad que proporciona el apoyo de la mayoría de gobiernos y prensa occidentales. Desde los cuarenta bebés decapitados inexistentes o la “embarazada con el vientre abierto y el bebé cortado” que nunca apareció, a las banderas del ISIS de los combatientes de Hamás o los intentos de atribuir a esta organización la destrucción del Hospital de Al-Ahli; los bulos se han diseminado por doquier. A estas campañas de desinformación se han sumado también las acusaciones de que Hamás llevó a cabo sistemáticamente “violaciones masivas” a mujeres y niñas antes de su asesinato durante el ataque del 7 de octubre.

Estas acusaciones han servido al Gobierno israelí para atacar a la ONU, que solo ha lanzado un cauto comunicado a través del Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer –CEDAW– lamentando “las consecuencias generizadas del conflicto”. Como parte de esta campaña han difundido un vídeo de contenido pretendidamente irónico donde se escenifica la denuncia, ante un organismo internacional, de una violación a una mujer israelí, a la que se ignora abiertamente con el objetivo de proteger a los palestinos. Estas acusaciones de ignorar a las víctimas israelíes se han extendido a todas las organizaciones de mujeres que apoyan al pueblo palestino, mediante la manipulación de los marcos clásicos del feminismo que luchan contra la negación o la invisibilización de la violencia sexual y el descarte de los testimonios de las mujeres –y a veces hombres– que los realizan. Mientras, la propaganda se impulsa en el activismo de algunos grupos de mujeres israelíes que defienden las tesis de las violaciones masivas.

Algunos medios europeos se han prestado a difundir esta versión. En el caso de los medios ultras españoles, vinculándolos con su antifeminismo con titulares como “Las manifestaciones contra la violencia machista del 25-N callan ante los asesinatos de mujeres y violaciones de Hamás” (Libertad Digital), o adoptando un evidente marco racista, como hace un artículo de opinión de OkDiario que da un paso más hablando de “violaciones colectivas”, “una práctica sexual llevada a cabo por los hombres de países árabes”.

Lo cierto es que no hay pruebas concluyentes. Irene Zugasti hablaba en CTXT de la violación como arma de guerra, un fenómeno extendido en todos los conflictos bélicos, y de la dificultad que entraña su prueba y contabilización. Pero también alertaba de cómo se instrumentalizan estos datos. “La guerra de cifras suele librarse en medios y reportes y rara vez en la jurisdicción internacional y, como con todas las violencias contra civiles en tiempos de conflicto armado, se utilizan con más ahínco para atacar al enemigo que para reparar el daño en el bando propio. El sensacionalismo y la fascinación hacen el resto”, explicaba Zugasti. Podríamos recordar aquí también las acusaciones de violaciones masivas en Libia y Siria que resultaron falsas y se utilizaron para justificar los bombardeos occidentales de esos países.

La CEDAW no se ha pronunciado claramente porque no ha encontrado pruebas que sostengan la acusación de violaciones, mucho menos, masivas. Ninguno de los vídeos del ataque que circulan demuestra de manera concluyente las agresiones sexuales, y las fuentes que citan los artículos de prensa no están identificadas. Incluso medios israelíes como Times of Israel destacan esta falta de pruebas concluyentes en relación a las violaciones. Por otra parte, el Gobierno israelí está recogiendo pruebas de todo tipo para llevar adelante una acusación por “crímenes contra la humanidad”, pero no ha presentado pruebas forenses de estos abusos en los cadáveres que está analizando. ¿Podrían haber sucedido algunas de estas agresiones? Es posible, aunque no se haya conseguido probar. No se trata de negar que estos sean crímenes de guerra, sino de evitar que se manipule el marco feminista e Israel imponga en los organismos internacionales una pseudopreocupación por la violencia sexual en beneficio de la legitimación del genocidio que está practicando en Palestina.

Estas acusaciones aprovechan la agenda de la lucha contra la violencia de género que se ha incorporado a la gobernanza internacional, pero también, como advierten algunas feministas críticas con el colonialismo, puede ser funcional a la securitización global y la violencia estatal. En este caso, puede perpetuar estereotipos o discriminaciones existentes en el contexto de “jerarquías civilizatorias”. Así, las sociedades musulmanas son presentadas como inherentemente opresivas para las mujeres, mientras se ignora o minimiza la violencia de género en otras, creando una jerarquía implícita que coloca a algunas culturas como “menos civilizadas”. En este caso, al servicio de legitimar tanto la ocupación como la guerra de exterminio en curso.

Estas justificaciones ya clásicas del feminacionalismo o del feminismo civilizatorio también presentan a las mujeres palestinas como subyugadas a la opresión del islamismo o de sociedades que se explican como “atrasadas”, unos marcos que engarzan perfectamente con los de las extremas derechas europeas, que los utilizan para criminalizar a los migrantes e impulsar su antiislamismo. No cabe duda de que el fundamentalismo islámico crece en Palestina, alimentado por las consecuencias de la ocupación israelí que ahoga las posibilidades democráticas y económicas de los palestinos, al tiempo que espolea el militarismo y el nacionalismo. Tampoco se puede negar que, probablemente, las violencias más importantes que reciben las mujeres palestinas –también de carácter sexual– se producen en los checkpoints y en las prisiones, o son aquellas que se derivan del estrangulamiento económico, los robos de tierra y otros abusos que constituyen el día a día de la ocupación. “Gaza ha sido descrita como la mayor prisión al aire libre, bajo 56 años de ocupación y 16 de sitio”, ha recordado recientemente el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk. Israel también está persiguiendo a las organizaciones de mujeres de derechos humanos que luchan contra la ocupación y para dar educación y opciones de vida a las mujeres y niñas en Palestina, que son detenidas y torturadas acusadas de terrorismo. Estas activistas quedan así atrapadas entre los ataques de Israel y los del antifeminismo palestino, muchas veces de origen religioso. La guerra y el nacionalismo no son lugares propicios para las mujeres, pero sin la ocupación sus luchas podrían desarrollarse en mejores condiciones.

Esta imagen de las “oprimidas mujeres palestinas” se contrapone en estos relatos a las “emancipadas israelíes”, representadas por “heroicas jóvenes” que luchan en el ejército, hombro con hombro, al lado de los varones. El ejército israelí es legitimado así como “uno de los únicos ejércitos del mundo occidental en el que las mujeres son reclutadas para el servicio militar por ley”, un ejército donde las mujeres asumen posiciones de combate en igualdad con los hombres, donde matan en igualdad y son, por tanto, parte integral del proyecto colonial, un ejército que ha suministrado armas a algunos de los regímenes más represivos y racistas de la historia moderna, incluida la Sudáfrica del apartheid.

Israel tampoco encaja muy bien en la pretendida imagen de un Estado democrático con la misión histórica de “defensor de los valores occidentales” en Oriente Próximo, que sirve para que Europa legitime los abusos y atrocidades pasadas y las que se están produciendo en esta guerra. A partir de los años 2000 fueron surgiendo partidos ultraortodoxos y de extrema derecha que respondían a las clientelas étnicas israelíes, pero todos ellos conectados a la nueva derecha estadounidense. Las políticas gubernamentales se han ido alineando progresivamente con paquetes pedagógicos nacionalistas, racistas y etnocéntricos que apoyan a los colonos más ultras en territorios ocupados, al tiempo que el sistema escolar se militarizaba. Todo ello bajo el gobierno de Netanyahu. Las leyes contra la violencia sexual también se han etnificado y han asumido el marco racista, ya que una ley aprobada este año castiga con una pena menor a los judíos israelíes que a los ciudadanos palestinos que viven en el mismo Estado en el caso de ser condenados por violación o agresión sexual. Además, en Israel, el matrimonio y el divorcio siguen siendo competencia exclusiva de los tribunales religiosos, lo que supone una discriminación sistemática de la mujer en términos jurídicos.

El reparto de imágenes coloniales implicaba que “la comunidad judía era una sociedad progresista y moderna, mientras que la minoría palestina era una sociedad primitiva”, explica el historiador israelí Ilan Pappé en La idea de Israel. Pero esa idea de Israel –que orientó la narrativa sionista como proyecto de modernización benigno, incluso para los árabes, que de alguna manera negaba la realidad colonial del Estado y que construía la “única democracia de Oriente Medio”– está en crisis, afirma Pappé. Ya no tiene cómo sostenerse materialmente. De hecho, ese proyecto modernizador e ilustrado ha sido abandonado y solo ha dejado tras de sí la propaganda, solo representaciones, como esta de la figura del árabe como bárbaro y primitivo –que se crea con la llegada los primeros colonos europeos–, que luego evoluciona a “terrorista” y que hoy pretende apuntalarse con acusaciones de violencia sexual.

Pero aunque el marco de la “lucha contra el terrorismo” esté tan bien instalado desde los primeros 2000, esta propaganda no está funcionado completamente. La brutalidad del genocidio que se está cometiendo en Gaza y las imágenes que recorren como latigazos las redes sociales están impactando en una opinión pública que se resiste a pensar que todo vale. Las muertes de, al menos, 8.312 niños que han sido asesinados en Gaza –más que el número de niños asesinados anualmente en todas las zonas de conflicto del mundo desde 2019–, los ya más de 21.000 muertos y más de 1.700.000 desplazados son imposibles de justificar. Unas acusaciones de violaciones poco sustentadas con pruebas tampoco van a cambiar eso.«