El objetivo de los palestinos

Tras su desembarco en la península ibérica en el siglo VIII y sus posteriores conquistas, los árabes aportaron importantes adelantos en todas las ciencias. También, irónicamente, hicieron posible el reencuentro de Europa con Atenas (es decir, con el pensamiento griego clásico), que, a la par de Jerusalén (el legado judío), constituye el origen de la cultura europea cristiana.

Hoy, sin embargo, la realidad es muy distinta. Los países árabes, pese a su acceso a la tecnología y, en algunos casos, su enorme riqueza, suelen ser sociedades premodernas. La Iluminación, que transformó el continente europeo en el siglo XVIII, nunca llegó a Oriente Medio. La cultura árabe, con todo su espléndido patrimonio, nunca puso la religión bajo la lupa y tampoco cuestionó los aspectos primitivos o crueles de sus tradiciones. Los principios de igualdad, libertad, democracia y primacía de los derechos humanos a nivel social y político jamás encontraron cabida en el mundo árabe.

A excepción de Israel, Oriente Medio está compuesto por regímenes autoritarios y despiadados que no toleran la disidencia ni el más mínimo desacato a los preceptos religiosos. Qatar, por ejemplo, detrás de su cara cosmopolita y amable esconde un código judicial islámico que contempla la pena de muerte por apostasía o blasfemia. En Arabia Saudita, los robos se castigan con la amputación de una mano y el adulterio con la lapidación. En Cisjordania, un homosexual palestino fue decapitado en 2022 en uno de los tantos casos de justicia por mano propia. De hecho, los asesinatos por honor son moneda corriente en estos países.

En general, los sistemas educativos en las sociedades árabes (y, en distintas medidas, en los demás países islámicos o de mayoría musulmana) son rígidos y anticuados y están caracterizados por un fuerte componente religioso. Junto con la enseñanza positiva, que hace hincapié en la importancia de los valores éticos, a los alumnos se les recalca la supremacía del Islam y, en particular, el carácter inferior del pueblo judío y del judaísmo.  Que los judíos, habitualmente definidos como “descendientes de simios y cerdos”, se hayan instalado en el seno del mundo árabe es una afrenta que no puede quedar impune. Que, en tan solo 75 años, el Estado de Israel se haya convertido en una democracia vibrante y una potencia mundial en diversos campos, y que haya logrado absorber millones de inmigrantes y refugiados y elevar la calidad de vida de sus habitantes, es intolerable. Y que haya emergido triunfante de todas las guerras que los países árabes y los grupos terroristas palestinos iniciaron en su contra es peor noticia todavía. En síntesis, aquello que cualquier observador imparcial no dudaría en calificar como un milagro representa, para los árabes, pero muy especialmente para los palestinos, la más profunda de las humillaciones.

Esta percepción de Israel y de los judíos no es nueva. El antisemitismo formaba parte integrante del sistema de educación en el mundo árabe incluso antes de 1948. Hoy en día, es común encontrarse con textos antisemitas en las escuelas o ver ejemplares de Mein Kampf o de Los Protocolos de los Sabios de Sión exhibidos con toda naturalidad en las librerías de cualquier ciudad de la región (incluidas Amán y El Cairo). Pero la negativa entre palestinos y árabes a aceptar la idea del judaísmo como nación, con su origen en Israel y con su capital primigenia en Jerusalén, ya se hacía oír hace un siglo.

Con el correr de los años y la difusión y ampliación de los conocimientos de historia y arqueología, ese rechazo se ha vuelto cada vez más absurdo. Sin embargo, la impermeabilidad del mundo árabe significó, y sigue significando, la imposibilidad de modificar opiniones. Por otra parte, los árabes palestinos cayeron en cuenta de que reconocer el vínculo indisoluble entre la nación judía e Israel equivaldría a entender el sionismo como lo que efectivamente es: un movimiento de liberación nacional. Mucho mejor era tildarlo de proyecto colonialista europeo que merecía ser destruido.

La expulsión de los judíos de Israel siempre fue el objetivo último de los dirigentes palestinos, acompañados por el sentir de una parte mayoritaria de su población. Es el objetivo que subyace a la negativa a aceptar la partición resuelta por la ONU en 1947 y al empleo de la violencia contra civiles en Israel antes y después de esa fecha. Fue con fines de lograr ese cometido que, a lo largo de los últimos 100 años, los palestinos masacraron inocentes, secuestraron aviones, pusieron bombas y se inmolaron con explosivos a la vez que se levantaban de la mesa ante cualquier posibilidad real de llegar a un acuerdo de paz.

Nunca propusieron un plan coherente y realista para lograr una solución del conflicto. Nunca le marcaron a su gente un camino hacia la creación de un país palestino pacífico y próspero, y su gente tampoco les exigió que lo hicieran. Nunca apareció en la sociedad palestina un movimiento que abogara por el fin de la violencia y del adoctrinamiento antisemita y a favor de un diálogo basado en el reconocimiento de Israel como cuna del judaísmo y el abandono de condiciones imposibles como el derecho de retorno.     

Es indistinto que los dirigentes fueran laicos (OLP) o religiosos (Hamás). Todos ellos compartían y comparten el mismo rechazo absoluto a la presencia de una nación judía en suelo que, por haber pertenecido alguna vez a imperios musulmanes, debe ser liberado de los infieles que han osado hollarlo.

No han hecho casi nada los dirigentes palestinos para formar las bases de un estado propio, salvo en la medida necesaria para justificar los miles de millones de euros que reciben en concepto de ayuda internacional. Una sola vez surgió la posibilidad, en la persona de Salam Fayyad, como primer ministro de la Autoridad Palestina, de romper ese molde y construir instituciones gubernamentales sólidas y transparentes. Dotado de una visión clara y práctica, enemigo de la violencia y la corrupción, libre de las ataduras culturales del mundo árabe por haber estudiado y trabajado en EE.UU., Fayyad estaba llamado a cambiar el rumbo de su pueblo. Como no podía ser de otro modo, entre Abbas y Hamás se encargaron de desplazarlo de su puesto. Ningún otro Salam Fayyad ha vuelto a aparecer.

Condenado a sufrir una conducción corrupta que no tiene interés alguno en mejorar la vida de su población, incapaz de asumir la responsabilidad de su propio destino y dejar de desempeñar el papel de víctima permanente, el pueblo palestino aguarda la desaparición del Estado de Israel que sus líderes políticos y sus imames aseguran es inevitable. Es larga la espera. Mientras tanto, festejan, tocan bocina y reparten dulces con cada atentado que se cobra la vida de israelíes inocentes.