Pese a la infinidad de artículos de prensa que se han publicado sobre la situación de los árabes palestinos en Cisjordania y Gaza, poco se dice sobre el ambiente en el que se educan. El acento siempre está puesto en la “ocupación” israelí, presumiblemente responsable de todas las penurias del pueblo palestino y de la imposibilidad de lograr una salida pacífica del conflicto.

Hay preguntas que raras veces se formulan en los medios. ¿Por qué no se alzan voces entre los árabes palestinos a favor de una paz duradera basada en el reconocimiento de Israel como cuna y país del pueblo judío? ¿Por qué ningún líder palestino es capaz de repudiar abiertamente, y ante su propio pueblo, la violencia permanente contra la población civil israelí? ¿Es tan difícil condenar sin ambages el salvajismo de Hamás? ¿Y por qué insisten en el derecho de retorno si no es porque saben que equivale a abogar por la destrucción del Estado de Israel?  ¿Por qué se consideran víctimas y rechazan toda responsabilidad por su situación, cuando en los últimos 75 años desperdiciaron una oportunidad tras otra de formar un estado independiente?

Lo cierto es que la población palestina en Cisjordania y Gaza (así como en las ciudades-campamento de “refugiados” en Jordania, el Líbano y Siria) es producto de un sistema educativo que, alimentado por un entorno sociorreligioso cerrado y condenatorio del pensamiento crítico, propicia el adoctrinamiento y es contrario a los valores humanos más elementales. En las escuelas públicas de estos territorios se utiliza obligatoriamente los libros de texto impuestos por la Autoridad Palestina (“AP”). Como ya ha constatado reiteradamente la Unión Europea, principal donante de la AP, estos libros están marcados por la incitación al odio a judíos e israelíes, la glorificación del terrorismo y la violencia, y las más burdas teorías conspirativas antisemitas.

Si los niños árabes palestinos que asisten a las escuelas públicas se nutren de este tipo de discurso venenoso, también lo hacen los alumnos de los colegios administrados por UNRWA. Esta agencia, cuyo ingente presupuesto de USD 1.600 millones se destina en casi un 60% a la educación, opera unos 700 colegios en las distintas ciudades-campamento de “refugiados” palestinos (en Gaza, por ejemplo, tienen a su cargo 284 escuelas y unos 290.000 alumnos, casi la mitad del estudiantado total de la Franja).

El Instituto para el Seguimiento de la Paz y la Tolerancia Cultural en la Educación Escolar (“IMPACT-se” por sus siglas en inglés), una organización que lleva años investigando los libros de texto en Oriente Medio, ha comprobado que los materiales didácticos de UNRWA fomentan la violencia, califican a los terroristas como héroes y mártires, demonizan a Israel y promueven el antisemitismo.

Según Marcus Scheff, director de IMPACT-se, “el programa escolar de la Autoridad Palestina es el peor del mundo sunní…Mientras que todos los países sunníes de importancia han ido mejorando sus libros de texto, la AP ha tomado el camino contrario…El resultado es un programa escolar que no incluye mención alguna de la posibilidad de una paz con Israel, pero que en cambio contiene antisemitismo, una apología entusiasta de la violencia, ejemplos de cómo la yihad es lo más importante en la vida, que morir es mejor que vivir, que es bueno cortarle el cuello al enemigo”.

Así, en los materiales didácticos abundan frases como “el volcán de mi venganza”, “el anhelo de mi sangre por mi tierra” o “sacrificaré mi sangre para saturar mi tierra”. A los niños se les enseña que el destino final de los judíos será el exterminio: “Los judíos propagan la corrupción, lo que ha de llevar a su aniquilación”. Los ejercicios de comprensión de lectura presentan historias ficticias de israelíes que asesinan brutalmente a palestinos inocentes, como en el relato de un “oficial sionista” que mata a tiros a un pescador palestino delante de su hijo por tardar en llegar con su barca a la orilla. Los alumnos de 5º grado aprenden que el martirio y la yihad “son los significados más grandes de la vida”. En una clase elemental de aritmética, los niños se enfrentan al siguiente problema: En la Primera Intifada, la cantidad de mártires ascendió a 2.026, mientras que en la Intifada de los Mártires de Al Aqsa, el total fue de 5.050. ¿Cuántos mártires murieron en las dos Intifadas?

El Estado de Israel no figura en ninguno de los mapas que se utilizan en las escuelas de UNRWA; ha sido borrado. Su territorio aparece bajo el nombre de “Palestina”. Los más de siete millones de habitantes judíos del Estado de Israel no existen, como tampoco existen sus ciudades ni la larga historia de la nación judía en su tierra, que holgadamente antecede al advenimiento del Islam. El mensaje es tan absurdo como claro: los judíos no tienen cabida en Israel, su propio país y en el que se forjó su identidad hace tres milenios. Palestina (del Jordán al Mediterráneo) es y debe ser árabe y musulmana. No existe un conflicto territorial entre dos pueblos, sino que hay un solo pueblo, el palestino, gran parte de cuyo territorio le fue “arrebatada por los sionistas”. Y es precisamente la UNRWA, una agencia oficial de las Naciones Unidas, la que se encarga de difundir ese mensaje entre la población infantil palestina.

La secuencia lógica que se les presenta a los niños es ineludible: Si lo que en el mundo se da en llamar Israel es, en realidad,  territorio palestino ocupado, la única solución es liberarlo, y, tal como se enseña en las escuelas de Gaza y Cisjordania, esa liberación sólo se podrá lograr a través de la guerra. Si a un niño de 12 o 13 años se le inculca la idea de que “la lucha armada” contra Israel es un “derecho sagrado” y que es obligación sacrificar la vida, “lo más preciado”, por la patria “sin conceder ni un centímetro de mi tierra”, ¿qué se podrá esperar de él el día en que Hamás le ofrezca un rifle o un chaleco de explosivos?

UNRWA afirma que, en sus escuelas, a los niños palestinos se les enseña a amar la paz, la tolerancia y los derechos humanos, y que su personal se encarga de  asegurar de que los programas escolares de los países anfitriones estén alineados con los principios de humanidad, neutralidad, independencia e imparcialidad. Pues bien, nada más lejos de la realidad.

Un organismo cuyo mandato, formulado hace más de 70 años, era educar y apoyar la rehabilitación de un grupo de refugiados, y que no sólo no los ha sabido reubicar sino que ha llevado a que los “refugiados” sean ahora nueve veces más numerosos y vivan en la miseria y sin esperanzas, sólo puede ser calificado como un fracaso rotundo. Y un organismo que transmite a los niños palestinos la primacía del derecho de retorno y de la yihad violenta y deja que sus escuelas se utilicen como depósitos de armamentos y lanzaderas de cohetes, no está preparando a los alumnos para una paz sino para una guerra. Si esos niños aprenden que todo Israel es territorio palestino y que recuperarlo por la fuerza es un deber y lograrlo sólo una cuestión de tiempo, ¿entonces para qué establecer un estado ahora? Cuando esos niños crezcan, no les va a interesar volcarse a la ardua labor de crear un país, con sus instituciones y su infraestructura, como tampoco les interesó a sus padres. Mucho más fácil es atacar y debilitar al enemigo, cuya sola presencia es un insulto al Islam (como sostiene el documento fundacional de Hamás), y esperar el día en que “la entidad sionista” se desmorone y esté lista para la conquista y el expolio.

Al subvencionar las actividades de UNRWA, la Unión Europea y EE.UU. contribuyen a robarles el futuro a generaciones de niños palestinos, a quienes, desde pequeños, no se les enseña a mejorar sus vidas sino a destruir las de sus vecinos. ¿Cómo puede ser que en las escuelas de UNRWA se siga aprendiendo que Palestina es una desde el río hasta el mar, que los judíos son infrahumanos, que el Estado de Israel no existe y que lo máximo a lo que puede aspirar un palestino es a sacrificarse en aras de la liberación de su tierra? Los donantes deben entender que UNRWA ha fracasado en su misión educativa y ha abdicado de su obligación para con los niños que se encuentran a su cargo. Como observa Marcus Scheff: “Si UNRWA hubiera querido poner fin a la enseñanza del odio, lo habría hecho hace años”.

La educación es la base de toda sociedad. En el caso de los árabes palestinos, nada positivo ni sano puede edificarse sobre la podredumbre ética y moral de su sistema educativo. Es imposible en las circunstancias actuales que en Gaza o Cisjordania nazcan voces críticas, que se abran debates internos, que los jóvenes sientan que el desarrollo económico es posible y que es infinitamente mejor vivir que morir. Hasta que la Autoridad Palestina no lleve a cabo una reforma fundamental de su programa escolar destinada a propiciar la paz, tender puentes con el pueblo judío y realzar el valor supremo de la vida humana, y hasta que el mundo occidental y la propia ONU no reconozcan que UNRWA fue y sigue siendo parte del problema y que su aporte ha sido escandalosamente negativo, no habrá esperanza para los millones de niños y jóvenes palestinos que viven prisioneros de un dogma tan ubicuo como perverso.

FUENTE: IMPACT-SE