¿Quiénes son los refugiados palestinos?

La guerra de 1948, iniciada por países árabes y milicias palestinas contra Israel, llevó al desplazamiento de unos 700.000 árabes palestinos que huyeron o, en algunos casos, fueron expulsados de sus hogares. Al finalizar la guerra, pese a que algunos de ellos regresaron, el gobierno israelí rehusó aceptar el retorno de los demás por temor a que se constituyeran en un factor desestabilizador o conformaran una quinta columna. Sin embargo, parte de la población árabe había permanecido en sus aldeas y ciudades, sobre todo en la región de Galilea central y la franja costera. Estas comunidades árabes, que con el tiempo crecieron y prosperaron, ahora representan el 20 por ciento de los ciudadanos israelíes.

Las naciones árabes vecinas se negaron a absorber o integrar a los refugiados en sus respectivas sociedades. Rápidamente razonaron que la existencia de grupos de refugiados paupérrimos y desprovistos de derechos y posibilidades sería una herramienta valiosa para sus designios antiisraelíes, tanto en el ámbito político como en el militar.

En paralelo, a consecuencia de la creación del Estado de Israel y la subsiguiente derrota árabe, unos 650.000 judíos tuvieron que huir o fueron expulsados de los distintos países árabes, y fueron despojados tanto de su nacionalidad como de sus bienes. Estos refugiados se reasentaron mayormente en Israel, donde se les concedió la ciudadanía de inmediato y se les facilitó la inserción. En definitiva, a partir de 1948 se produjo un doble éxodo de igual magnitud humanitaria y económica entre refugiados palestinos y judíos.

¿Existen otros casos de movimientos masivos de refugiados en esa época?

El siglo 20 (como también el 21) estuvo signado por grandes migraciones forzadas. Por ejemplo, en 1923, Grecia y Turquía acordaron un intercambio de poblaciones que supuso la expatriación de aproximadamente dos millones de personas (entre griegos anatolios y musulmanes griegos) de sus lugares de nacimiento. Este intercambio hizo posible que los dos países se deshicieran de sus respectivas minorías étnicas.

En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y el periodo de posguerra, millones de alemanes y Volksdeutsche (alemanes étnicos) huyeron o fueron expulsados tanto de diversos países de Europa oriental como de provincias alemanas anexionadas por Polonia y la Unión Soviética. La cifra de estos refugiados oscila entre 12 y 14 millones; entre 500.000 y 2 millones murieron, víctimas de la desnutrición, enfermedades y violencia física.  

En 1947, la partición de la India significó la creación del Dominio de la India y el Dominio de Pakistán (hoy Pakistán y Bangladesh). Con la división se produjo una migración sin precedentes de musulmanes por un lado y de hindúes y sijs por el otro. En total, aproximadamente 14 millones de personas abandonaron sus lugares de residencia; la violencia y las matanzas provocadas por los desplazamientos causaron por lo menos un millón de muertes. 

En ninguno de estos u otros casos se les ofreció compensación alguna a los refugiados o desplazados, así como tampoco la posibilidad de regresar a sus lugares de origen. En todos los casos, las personas afectadas fueron o bien absorbidas y reasentadas en el país de destino o bien migraron a otros países y rehicieron sus vidas.

¿Qué es la UNRWA?

La UNRWA (por sus siglas en inglés) es la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo. Se estableció en 1949 por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas para brindar ayuda directa y apoyo a los refugiados palestinos. Curiosamente, su mandato cubre pura y exclusivamente a este grupo específico de refugiados. Es un caso único, ya que el mandato del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) abarca a todos los demás refugiados del mundo.

Hay otro aspecto de la UNRWA que también es curioso. Sus estatutos definen a los refugiados como «personas cuyo lugar normal de residencia era Palestina durante el período comprendido entre el 1 de junio de 1946 y el 15 de mayo de 1948, y que perdieron tanto su hogar como sus medios de subsistencia como consecuencia de la Guerra de 1948». Es decir que bastaba con haber residido en Palestina durante dos años para ser considerado un refugiado.

Pero tal vez el elemento más importante del mandato de la UNRWA sea la cláusula que permitió y permite inscribirse también a todos los descendientes patrilineales de los refugiados. Por lógica, transcurridos 75 años desde la guerra de 1948, refugiados palestinos deberían quedar muy pocos hoy. Sin embargo, la UNRWA contabiliza unos seis millones, ¡casi nueve veces la cantidad original! De esta manera, con la anuencia de la dirigencia palestina y los países árabes, la ONU traslada la condición degradante de refugiado a los nietos y bisnietos de los verdaderos desplazados, condenándolos a vivir de la caridad del prójimo sin posibilidades de inserción social en sus países de nacimiento.

¿Dónde y cómo viven hoy los refugiados palestinos?

Un total de 68 campamentos de refugiados situados en las afueras de las ciudades importantes del Líbano, Siria, Jordania, Cisjordania y Gaza alberga a la población de refugiados no reasentados más antigua del mundo. Pese a su nombre, estos “campamentos” no son un conjunto de toldos de campaña sino ciudades, con sus comercios, casas, calles transitables, agua corriente y alcantarillado.

En el Líbano, los así llamados refugiados palestinos carecen prácticamente de todo derecho civil, político, económico y social. La legislación local les prohíbe obtener la nacionalidad libanesa, heredar bienes o ejercer una amplia gama de profesiones. Suelen residir en viviendas precarias, con una infraestructura inadecuada y con escaso acceso a la educación y los servicios públicos. Subsisten sumidos en la pobreza o pobreza extrema, en un ambiente caracterizado por el consumo y tráfico de drogas, la delincuencia y la violencia. Ni la policía ni las fuerzas armadas libanesas ingresan a las ciudades-campamento. Estas están en manos de las facciones armadas palestinas, las que a su vez compiten y se enfrentan entre sí para adjudicarse el control.

En Siria, si bien la legislación concede a los palestinos amplios derechos, no se les permite comprar tierra cultivable ni poseer más de una vivienda. Tampoco tienen el derecho de voto ni la posibilidad de adquirir la ciudadanía siria. Por otra parte, la guerra civil destruyó el tejido social de los palestinos en Siria; muchos tomaron partido por uno u otro bando y sufrieron bombardeos, asedios, hambruna y matanzas. Hoy, un 40% se encuentra desplazado dentro del país y más del 95% depende de la ayuda de UNRWA y otros organismos para satisfacer sus necesidades básicas.

En Jordania, la situación de los “refugiados” palestinos es levemente mejor, dado que el 70% detenta la nacionalidad jordana. Sin embargo, los demás viven en campamentos, donde su acceso a los servicios de salud y educación pública se encuentra limitado y les está vedada la mayoría de los empleos.

Por último, en Cisjordania y Gaza viven dos millones y medio de palestinos registrados en la UNRWA como refugiados. En Cisjordania, suman más de 900.000. La ciudad-campamento de Jenín, por ejemplo, se ha convertido en un nido de grupos armados terroristas y bandas criminales donde la Autoridad Palestina no se atreve a entrar. En Gaza, pese a que se trata de un territorio inobjetablemente palestino, casi 1,6 millones de personas están registradas como “refugiados”. La tasa de desempleo supera el 50% y más del 80% de la población depende completamente de la ayuda internacional. Mientras tanto, el grupo terrorista Hamás, que gobierna la Franja, desvía esa ayuda para llenar los bolsillos de su cúpula, comprar armamentos y construir su red de túneles y refugios propios en desmedro de los habitantes.     

Conclusión

El caso de los refugiados palestinos es único en el mundo. De los muchos grupos étnicos o nacionales obligados a desplazarse en el marco de una guerra (en el caso de los palestinos, iniciada por ellos mismos), ningún otro grupo conserva el carácter de refugiado después de tres cuartos de siglo, y ningún otro hereda esa condición en perpetuidad. Flaco favor les ha hecho la ONU a los palestinos al concederles esa distinción y al no haber movido un dedo para coadyuvar a su reasentamiento en los países árabes de acogida o su traslado a otros países. Lo que sí ha logrado la UNRWA es crear una relación simbiótica de dependencia mutua, que permite que los tecnócratas y casi 30.000 empleados de esta agencia se eternicen en sus cargos mientras los destinatarios de su ayuda se hunden en la desesperanza.

Nada de esto existiría sin la complicidad de los países árabes, que siempre entendieron que los desplazados de la guerra de 1948 podían servir como herramienta de presión política contra Israel, como caldo de cultivo para el pensamiento radical y el terrorismo, también dirigido hacia el estado judío, y como válvula de escape para desviar el descontento de su propia población. ¿Dónde están los gobernantes del Líbano, Egipto, Arabia Saudí, Qatar, Irán o Turquía? ¿No sería lógico que acogieran a sus hermanos palestinos que viven bajo el falso rótulo de refugiados y les ofrecieran un camino hacia la ciudadanía, así como trabajo e inserción social? Significaría devolverles la dignidad y la autonomía, hacer de ellos personas libres y dueñas de su propio destino en lugar de esclavos de una expectativa imposible y condenados a desempeñar el papel de víctimas para siempre.      

Justamente, una de las características que las poblaciones palestinas, tanto en los países árabes como en Cisjordania y Gaza, tienen en común es el victimismo. Esa cultura del sufrimiento, y la percepción de que la culpa de su situación es de los demás, se hizo posible debido a la connivencia de UNRWA y de aquellos gobiernos y elementos, inclusive en Occidente, que alimentaron la ficción del derecho de retorno. Se trata de un supuesto derecho que no tiene precedentes históricos o jurídicos en el mundo, y que da lugar al absurdo de que hoy en día existan “campamentos de refugiados” en territorios palestinos como la Franja de Gaza.

Peor todavía, el “derecho de retorno” ha pasado a ser el palo en la rueda que bloquea cualquier intento por llegar a una solución del conflicto israelí-palestino. Todo dirigente palestino (o árabe) entiende perfectamente que el regreso a territorio israelí de los descendientes de los desplazados en 1948 es imposible, ya que significaría el fin de Israel como estado judío. A la vez, con el pasar de los años, el aparato propagandístico y educativo de la región ha instalado el mito del retorno como objetivo ineludible del pueblo palestino.

Las consecuencias son dos: ningún dirigente palestino se atreve a renunciar a ese “derecho” en el marco de un tratado de paz, y la dirigencia palestina presenta ese “derecho” invariablemente como condición sine qua non con el fin de torpedear cualquier acuerdo posible. Mientras tanto, los enclaves palestinos del Líbano, Siria, Jordania, Cisjordania y Gaza se tornan cada vez más pobres y violentos, algunos de ellos verdaderos reductos del crimen y el terrorismo. 

El conflicto entre Israel y los palestinos sólo se podrá resolver cuando estos últimos abandonen la fantasía del derecho de retorno y por lo menos algunas de las 22 naciones árabes abran sus puertas de par en par a los descendientes de los palestinos desplazados, como Israel hizo en su momento, pese a ser un país joven y pobre, con los refugiados judíos expulsados de sus hogares en el mundo musulmán.