Terrorismo palestino en el marco de una disputa territorial

En declaraciones pronunciadas ante el Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 24 de octubre, António Guterres, Secretario General del organismo, afirmó: «… los ataques de Hamás no se produjeron en el vacío».  Como portavoz de la comunidad mundial de naciones, Guterres se hacía eco de un mantra entonado una y otra vez desde el 7 de octubre por políticos, periodistas y ONG de Occidente. Según esta óptica, las atrocidades perpetradas ese día, aunque censurables, no son sino la reacción desesperada de un «pueblo sometido a 56 años de ocupación asfixiante» (por citar de nuevo al Secretario General).

Si se trata de darle un contexto a las matanzas y los actos de salvajismo infrahumano cometidos contra niños, jóvenes, mujeres y ancianos indefensos por las hordas terroristas que invadieron Israel ese sábado, conviene repasar algunos antecedentes a lo largo del conflicto palestino-israelí. Muchos observadores bien (o mal) intencionados pero no muy bien informados razonan que el pueblo palestino sólo pretende crear su propio estado y vivir lado a lado con el país vecino de Israel, y que la ocupación israelí le viene frustrando esa justa aspiración desde hace más de medio siglo. ¿Es así de simple?

En mayo de 1948, el Estado de Israel declaró la independencia. El siguiente día, los ejércitos de cinco naciones árabes invadieron el nuevo país, con el apoyo de milicias palestinas locales. Al finalizar la guerra, Jordania había capturado Cisjordania y Jerusalén Oriental, mientras que Egipto detentaba el control de la Franja de Gaza. Esas fronteras provisorias se mantuvieron hasta 1967. Curiosamente, durante esos 19 largos años, ni Jordania ni Egipto adelantaron ningún programa destinado a producir un estado palestino en esos territorios, ni los palestinos hicieron esfuerzo alguno para liberar estas tierras del dominio extranjero. Así como no hubo actividad diplomática o política en este sentido, tampoco se registró un solo acto terrorista palestino contra Jordania o Egipto. Sin embargo, sí hubo decenas de atentados terroristas contra civiles israelíes judíos en territorio israelí. 

La Guerra de los Seis Días de junio de 1967 terminó con Israel en poder de Jerusalén Oriental y Cisjordania, así como de la Franja de Gaza, Sinaí y los Altos del Golán. Pocos días después, Israel ofreció devolver los Altos del Golán y el Sinaí a cambio de la paz. A modo de respuesta, en septiembre de ese mismo año, la Liga Árabe hizo públicos los famosos Tres No: no a la paz con Israel, no al reconocimiento del Estado de Israel, no a las negociaciones con Israel. Esa resolución, adoptada a instancias de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), efectivamente negaba el derecho de Israel a existir y posicionaba la guerra como única opción.

En aquella época, prácticamente no había colonos judíos en Cisjordania. Entre 1968 y 1980, el PIB per cápita de Cisjordania y la Franja de Gaza registró un crecimiento anual del 7%. Durante el mismo periodo, esos territorios experimentaron un aumento pronunciadísimo de la esperanza de vida y del acceso a agua potable, junto con un descenso vertiginoso de la mortalidad infantil. ¿Dónde estaba la «ocupación asfixiante»? No obstante, en 1970, Yasser Arafat, presidente de la OLP, dijo lo siguiente: «Nuestro objetivo básico es liberar la tierra desde el mar Mediterráneo hasta el río Jordán… La preocupación básica de la revolución palestina es extirpar la entidad sionista de nuestra tierra y liberarla».

En esos años, las facciones palestinas, incluida la OLP de Arafat, perpetraron decenas de atentados terroristas contra israelíes, especialmente contra civiles y niños. Por ejemplo, en noviembre de 1968, 12 personas murieron y 52 resultaron heridas al estallar un coche bomba en un popular mercado de Jerusalén.  En mayo de 1970, terroristas atacaron un autobús escolar en Avivim, matando a 12 personas (9 de ellos niños) e hiriendo a otras 24. En septiembre de 1972, 11 miembros del equipo olímpico israelí fueron masacrados por terroristas de Al Fatah durante los Juegos Olímpicos en Múnich (Alemania). En mayo de 1974, terroristas del FPLP mataron a 27 personas, 21 de ellas niños, e hirieron a 78 en una escuela de Maalot. En marzo de 1978, terroristas de Fatah secuestraron un autobús en el centro de Israel y asesinaron a sus ocupantes, dejando un saldo de 38 muertos, incluidos 13 niños, y 76 heridos.

Los atentados terroristas no cesaron entre 1980 y 2000, pese a la firma de los acuerdos de Oslo entre Israel y la Autoridad Palestina en la década de los 90. Cabe notar que el asesinato de 29 palestinos por parte del extremista religioso israelí Baruj Goldstein en una mezquita de Cisjordania en 1994 tuvo el repudio absoluto de la población de Israel y la condena enérgica de su gobierno, que clasificó el movimiento Kaj del que Goldstein era adherente como movimiento terrorista y criminal. El de Goldstein fue uno de los poquísimos actos de terrorismo cometidos por ciudadanos israelíes contra palestinos desde que nació el Estado de Israel, y todos ellos fueron investigados, y sus protagonistas penados, por el aparato judicial del país, reconocido mundialmente por su alto nivel y autonomía. Es imposible pasar por alto el contraste con la admiración y aprecio que los autores palestinos de masacres despiertan en su población; múltiples plazas, calles y parques, en Cisjordania y Gaza, llevan el nombre de terroristas suicidas en señal de honor y homenaje, y es habitual ver festejos espontáneos en las calles después de un atentado. En agosto de 2001, un palestino activó su chaleco bomba en la pizzería Sbarro en Jerusalén, matando a 16 personas, incluidos 7 niños y una mujer embarazada, e hiriendo a otras 130. Poco después, estudiantes universitarios en la ciudad cisjordana de Nablus montaron una reproducción del atentado, con muebles rotos, sangre falsa, trozos de cuerpos falsos y un retrato del atacante sosteniendo un Corán y una pistola sobre una leyenda que decía: “La pizza Qassami (en alusión a la brigada de Hamás) es más deliciosa”.

En julio de 2000, Ehud Barak, el Primer Ministro israelí, ofreció a Yasser Arafat, Presidente de la Autoridad Palestina, una propuesta de paz destinada a satisfacer la mayoría de las demandas palestinas. En última instancia, Arafat se negó a firmar el acuerdo sin siquiera presentar una contraoferta. En su autobiografía, Bill Clinton, patrocinador de las negociaciones, cuenta que, en una oportunidad, Arafat quiso halagarlo diciéndole: “Es usted un gran hombre”, a lo que Clinton respondió: “No, yo soy un fracaso. Y usted hizo que lo fuera”. 

Dos meses después, estalló la Segunda Intifada. El consenso mayoritario de los historiadores indica que la revuelta fue promovida, coordinada y dirigida por Arafat. Esta ola de violencia brutal se extendió por más de un lustro; incluyó docenas de atentados suicidas y otros asesinatos cruentos que se cobraron más de 1.000 vidas israelíes, en su mayoría civiles. He aquí algunos ejemplos:

El 12 de octubre de 2000, dos conductores reservistas de las FDI entraron por error en la ciudad palestina de Ramala. Una turba irrumpió en la comisaría donde estaban retenidos y se abalanzó sobre los dos israelíes para golpearlos y apuñalarlos, destripando a uno y prendiendo fuego al otro. Luego, los cadáveres fueron pisoteados y arrastrados hasta la plaza principal a modo de celebración. Un fotógrafo británico que grababa el suceso fue agredido por la multitud. Más tarde declaró: «Fue lo más horrible que he visto en mi vida, y eso que he informado desde el Congo, Kosovo, muchos lugares malos».

El 1 de junio de 2001, un terrorista suicida de Hamás activó los explosivos que portaba frente a la discoteca Dolphinarium, en la playa de Tel Aviv. Era un viernes por la noche, y los alrededores de la discoteca estaban abarrotados de jóvenes. Murieron 21 israelíes, en su mayoría niñas adolescentes. Tras el atentado, hubo festejos espontáneos en las calles de Ramala.

El 27 de marzo de 2002, Hamás perpetró un atentado suicida en el comedor del Park Hotel de la ciudad costera de Netanya, durante la comida anual de Pascua del hotel. La explosión mató a 30 personas e hirió a unas 140, 20 de ellas de gravedad. Todos eran civiles, y la mayoría personas mayores. Un año después, en una ciudad de Cisjordania, se inauguró un torneo de fútbol y se le dio el nombre del terrorista suicida, Abd Al-Basset Odeh.

El 14 de marzo de 2004, dos terroristas suicidas detonaron sus cinturones explosivos en el puerto israelí de Ashdod, matando a 10 civiles e hiriendo a 16. El atentado fue planeado y financiado por Nizar Rayan, alto dirigente de Hamás y profesor de Derecho Islámico. El periodista estadounidense Jeffrey Goldberg cita a Rayan: «El verdadero Islam nunca permitiría que Israel sobreviviera en … Oriente Próximo. Es una ofensa contra Dios».

Así las cosas, en 2005, Israel se retiró por completo, civil y militarmente, de la Franja de Gaza. Los israelíes que se habían asentado en la Franja a lo largo de más de 30 años fueron desalojados de sus hogares a la fuerza por el ejército de su país. Al siguiente año, se celebraron elecciones libres y Hamás, al cabo de una corta pero brutal guerra interna con Fatah, pasó a gobernar el territorio.  A partir de ese momento, con miras a contener el lanzamiento de cohetes y otros ataques indiscriminados contra su población civil, Israel se vio obligada a tomar el control de las fronteras terrestres, aéreas y marítimas de Gaza para impedir el ingreso de material bélico a las manos de Hamás y otras agrupaciones terroristas. Por su parte, Egipto redujo a un mínimo el flujo transfronterizo con Gaza para proteger sus propios intereses en materia de seguridad. Sin embargo, el lanzamiento indiscriminado de cohetes hacia las ciudades y comunidades del sur de Israel siguió en ascenso, sumando decenas de miles de proyectiles. 

Los hechos demuestran que el uso del terror como herramienta deliberada por parte de las diversas facciones palestinas antecede holgadamente a la «ocupación» (por cierto, a la “ocupación asfixiante”) y perdura incluso cuando la “ocupación” desaparece, como en Gaza después de 2005. Es más, los palestinos se volcaron a la violencia aún antes de recurrir a la vía diplomática, durante las diversas negociaciones destinadas a lograr un acuerdo pacífico y después de que éstas, generalmente debido a la postura intransigente de los propios palestinos, fracasaran. Todo ello en el marco de lo que debiera ser una disputa territorial.

Cabe recordar que la matanza y rapto cometidos el 7 de octubre se produjo en vísperas de un probable acuerdo de normalización entre Israel y Arabia Saudí, que sumado a los Acuerdos de Abrahán firmados en 2020 entre el estado judío y los Emiratos Árabes Unidos, tenía por objeto promover la paz y la estabilidad en la región y contrarrestar la influencia maligna de Irán. Una vez más, la dirigencia palestina (esta vez, la de Gaza) actuó con la intención evidente de coadyuvar no al éxito sino al fracaso de la paz. 

El terrorismo palestino es una constante instalada a lo largo de los últimos 100 años, incluso con anterioridad a la creación del Estado de Israel. Tal es así que, en 1929, una turba árabe asaltó el barrio judío de Hebrón, una de las ciudades más sagradas e históricamente significativas del judaísmo. En la masacre subsiguiente, los asaltantes mataron, violaron, torturaron y mutilaron a hombres, mujeres y niños, y saquearon sus propiedades. Entre 65 y 68 judíos fueron asesinados y 58 resultaron heridos. 

En las recientes atrocidades de Hamás se oyen los ecos de la masacre de Hebrón y de los cientos de episodios de violencia brutal sufrida por civiles israelíes desde entonces a manos de terroristas palestinos. También resuena el ruido de los portazos con que la dirigencia palestina respondió a las propuestas de paz presentadas una y otra vez por distintos gobiernos israelíes, propuestas que jamás fueron correspondidas por ninguna iniciativa de su parte.

Que el pueblo palestino aspire a contar con su propio estado y a vivir en paz con el Estado de Israel es justo y razonable. Pero la violencia extrema contra objetivos civiles israelíes practicada por las facciones armadas palestinas y avalada por una parte de su población responde a una aspiración distinta que, por lo menos hasta hace poco, no les convenía publicitar en Occidente. Esa aspiración está a la vista en los documentos fundacionales de los principales movimientos palestinos. Así, en la Carta de la OLP leemos: “La liberación de Palestina es una obligación nacional […] y su objetivo es la eliminación del sionismo de Palestina” (artículo 14), y “los reclamos de vínculos históricos o religiosos de los judíos con Palestina son incompatibles con los hechos de la historia” (artículo 15).  Por su parte, la Carta de Hamás es igualmente directa. Declara que: “No existe ninguna solución al problema palestino que no sea la Yihad” (artículo 13). “El día que los enemigos usurpan parte de la tierra musulmana, se convierte la Yihad en la obligación individual de todo musulmán. Ante la usurpación de los judíos, es una obligación que sea izada la bandera del Islam” (artículo 15). El documento también incluye un largo reguero de veneno antisemita que no vale la pena reproducir pero es de fácil consulta.

Por decenios, al reivindicar cada atentado sangriento contra civiles inocentes, el liderazgo de Fatah, Hamás y las demás agrupaciones repetían la misma salmodia: “¿qué otra reacción puede tener un pueblo sometido a la ocupación y agresión israelíes?” Últimamente, sin embargo, cada vez más audaces, los dirigentes y voceros de Hamás se muestran dispuestos a desnudar su verdadero propósito ante los medios de Occidente. Si bien aún se cuidan de expresar la vertiente antisemita, ya no se molestan tanto en enmascarar la negativa rotunda a reconocer y aceptar la existencia de Israel como Estado judío y democrático. Como bien advirtió recientemente Mona Nawal al-Halami, escritora y periodista egipcia, a Hamás “lo que realmente le interesa es lo que denomina ‘el sagrado deber religioso’ de todo musulmán, es decir, deshacerse de los judíos en cualquier lugar y expulsarlos de todas partes”. Por más que António Guterres, Pedro Sánchez y muchos otros se empeñen en seguir con la ceremonia de disfraces blandiendo conceptos engañosos y vacuos como ocupación y desesperación, ya resulta imposible ignorar la realidad. Es hora de abrir los ojos.