La bancarrota moral rojiparda: deshumanización contraria a la tradición española

La admiración de Santiago Armesilla por Stalin ofrece una vía especialmente reveladora para entender el paradigma rojipardo. Lo relevante no es que valore la fortaleza de una nación o la capacidad de un Estado, sino qué está dispuesto a sacrificar para alcanzarla.

Armesilla ha escrito que «la era de Stalin es, a la vez, una de las más crueles y despiadadas de la humanidad, y una de las más gloriosas».

La frase contiene toda la contradicción. No ignora la monstruosidad: la reconoce y, después de reconocerla, conserva la palabra «gloriosa».

Conoce la monstruosidad y conserva la gloria.

No estamos ante desconocimiento histórico. Estamos ante algo moralmente mucho más grave: conocer la enormidad del crimen y seguir encontrando grandeza en el sistema que lo produjo. Una aberración moral.

Purgas, ejecuciones, Gulag, trabajos forzados, torturas, deportaciones colectivas y persecución política no fueron accidentes marginales del estalinismo. Formaron parte de un sistema que subordinó millones de vidas a sus objetivos.

Pero hay una palabra que explica algo todavía más profundo: deshumanización.

Deshumanizar es dejar de contemplar al otro como una persona —con conciencia, dignidad, familia, afectos y responsabilidad— para convertirlo en una categoría.

Burgués. Contrarrevolucionario. Enemigo del pueblo. Traidor.

Ya no se deporta a una persona: se deporta una categoría. No se destruye una familia: se neutraliza un enemigo.

La persona se convierte en un píxel.

Ésa es una operación esencial del totalitarismo.

Una tradición española radicalmente diferente

Aquí aparece la contradicción esencial del rojipardismo español.

España es una nación de raíces profundamente cristianas, no neopaganas. Y el cristianismo es inseparable de su raíz judía. De ahí procede una concepción del hombre que ha impregnado durante siglos nuestra cultura: la persona posee un valor que no depende de su utilidad para el poder; tiene conciencia y responsabilidad propias; pertenece a una familia y a una comunidad; y existe una ley moral por encima del gobernante.

Nuestra historia intelectual lo demuestra. Está en gigantes del judaísmo hispánico como Maimónides y Nahmánides; en la Escuela de Salamanca, con Vitoria, Suárez o Mariana reflexionando sobre derecho natural, libertad, legitimidad y límites del poder; en Cervantes y su exaltación de la libertad y la dignidad; y en Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, con su exploración de la interioridad irreductible del ser humano.

De esa matriz surge también la Hispanidad, fundamentalmente una empresa de construcción civilizatoria: lengua, derecho, instituciones, universidades, ciudades, religión y cultura, capaces de formar una comunidad histórica que sobrevivió al propio poder político que la originó.

La comparación con el experimento soviético resulta reveladora. Éste pretendía crear un hombre nuevo demoliendo previamente el mundo del hombre existente: religión, propiedad, tradiciones, autonomías sociales y, cuando estorbaban, familias, pueblos y culturas.

Una civilización construye sobre vínculos humanos. El totalitarismo construye sobre sus ruinas.

Religión, totalitarismo y antisemitismo

El estalinismo persiguió la religión porque una autoridad moral independiente constituye un límite para un poder que aspira a ser absoluto. El nazismo, desde presupuestos distintos, sustituyó la dignidad universal por la jerarquía racial y levantó alrededor del Volk y del Führer su propia religión política.

Stalin y Hitler fueron enemigos y sus ideologías fueron diferentes. Pero ambos subordinaban al individuo a un absoluto colectivo: clase y revolución en un caso; raza y pueblo en el otro.

Ahí está el componente genuinamente neopagano: no el amor a la patria, la tradición o la autoridad, sino la sacralización de la fuerza, del colectivo, del Estado o del líder.

La tradición no es una estética. Es una jerarquía moral. Y en esa jerarquía el Estado no ocupa el lugar de Dios.

El antisemitismo participa de la misma lógica deshumanizadora. El judío concreto desaparece detrás de «los judíos», sobre quienes se proyectan colectivamente poder, dinero, usura, deslealtad, cosmopolitismo, influencia extranjera o conspiración. La conducta individual deja paso a la culpabilidad por pertenencia.

La contradicción es especialmente grotesca cuando esto se hace en nombre de la civilización cristiana. El cristianismo nace del judaísmo y la propia historia intelectual española resulta incomprensible sin su componente judío.

El antisemitismo no protege nuestras raíces. Amputa una de ellas.

El entramado rojipardo

Armesilla tampoco constituye un fenómeno aislado. Pedro Baños, Carlos Sánchez, Rubén Gisbert, Luis María Pardo, Beatriz Talegón, Jasiel Paris, Javier Villamor, Guillermo Rocafort, Paula Fraga, Ana Iris Simón, Roberto Vaquero, Pedro Varela, José Miguel Villarroya, Norberto Pico y otros proceden de lugares políticos distintos y mantienen posiciones diferentes. Precisamente por eso resulta interesante observar dónde convergen.

Existe además una paradoja específicamente española, especialmente llamativa en ese nacionalismo español con conexiones con el falangismo y el autoritarismo de derechas. Históricamente, ese mundo hizo del anticomunismo una de sus señas de identidad y combatió en la Guerra Civil a una República sobre la que la Unión Soviética de Stalin llegó a ejercer una influencia política, militar y policial extraordinaria, mientras el PCE multiplicaba su poder. Para aquellos nacionalistas, el comunismo soviético representaba una amenaza existencial para España como nación histórica.

Que hoy algunos de sus herederos políticos o culturales encuentren admirable al propio Stalin no es una pequeña incoherencia. Es quizá la paradoja más perfecta del rojipardismo: acabar abrazando al enemigo histórico porque se admira en él aquello que finalmente los une —el poder, el autoritarismo y la subordinación del individuo al proyecto colectivo—.

Pero el fenómeno va más allá de una coincidencia intelectual. Existe un entramado de apoyos, colaboraciones, legitimaciones y difusión cruzada. Se citan, entrevistan y amplifican mutuamente, comparten audiencias y hacen circular discursos de criminalización, discriminación, exclusión y deshumanización.

Es una suerte de neowokismo rojipardo: comunistas nostálgicos, nacionalistas, tradicionalistas, conspiracionistas, antioccidentales, prorrusos, anticapitalistas radicales y sectores de extrema derecha pueden encontrarse alrededor de los mismos agravios y adversarios.

El antisemitismo posee ahí una especial capacidad aglutinadora: permite atribuir al mismo enemigo imaginario el capitalismo y el comunismo, la banca y la revolución, el cosmopolitismo y el poder político.

El odio resuelve las contradicciones que la ideología no puede resolver.

No necesitan compartir una idea de sociedad, de Estado, de economía o siquiera de España. Les basta con compartir adversarios.

Eso explica la extraña convergencia entre estalinistas, nacionalistas, tradicionalistas, conspiracionistas y autoritarios que, sobre el papel, deberían resultar incompatibles.

No los une un proyecto. Los une un enemigo.

Ésa es la interseccionalidad rojiparda del resentimiento y del odio.

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