Antisionismo Zombie
La adicción de la izquierda a la propaganda antisionista soviética refrita de hace medio siglo demuestra que su crítica de Israel nada tiene que ver con los hechos sobre el terreno en Gaza.
Por Izabella Tabarovsky
En noviembre de 1967, la sucursal india del Consejo Mundial de la Paz, una organización tapadera soviética, celebró la Conferencia Internacional de Apoyo a los Pueblos Árabes en Nueva Delhi. En la capital de la India se reunieron 150 delegados representando a 55 países y 70 organizaciones de todo el Tercer Mundo, el bloque socialista y Occidente. Las principales estrellas del Movimiento de los Países No Alineados, la primera ministra India, Indira Gandhi, el egipcio Gamal Abdel Nasser, el cubano Fidel Castro y el argelino Houari Boumedienne enviaron saludos, al igual que los dirigentes de Sudán, Siria, Jordania, Argelia, Kuwait y Mongolia. Krishna Menon presidió los actos, un intelectual indio izquierdista y agitador y exministro de defensa de la India al que el KGB había cultivado activamente con la esperanza de que llegaría a ser jefe del estado.
Unos 1.200 delegados y visitantes asistieron a la sesión plenaria inaugural en la que Herbert Aptheker, destacado miembro del Partido Comunista Americano (CPUSA) e influyente estudioso del marxismo, defendió enmarcar el conflicto árabe-israelí en términos de «imperialismo y colonialismo contra la liberación nacional y el progreso social» así como a través del prisma de la opresión racial. Al contrario de lo que decían los líderes israelíes, declaró que la mayor amenaza a la que se enfrentaba Israel no venía de los árabes, sino del propio gobierno israelí de extrema derecha, el cual había convertido a Israel en la «criada del imperialismo y del expansionismo colonialista». Equiparó a Israel con la Alemania nazi refiriéndose a la reciente Guerra de los Seis Días como blitzkrieg, un término de la propaganda soviética por antonomasia destinado a recordar la invasión de la URSS por Hitler. Actualmente, dijo Aptheker, son los judíos los que «interpretan el papel de ocupantes y atormentadores» de los oprimidos. Animó al público a trabajar sin descanso para desenmascarar «el horror de la guerra de junio y sus secuelas». El discurso de Aptheker siguió tan de cerca la lógica y el estilo antiisraelí de la propaganda soviética que bien podría haber sido escrito para él en Moscú.
Los dos documentos que la conferencia adoptó por unanimidad (la «Llamada a la Conciencia del Mundo», supuestamente firmado por 100 miembros del parlamento indio, y una «Declaración») transmitían mensajes similares incluso con más grandilocuencia. Evocando la retórica antisemita clásica, acusaban a Israel de haber violado cínicamente todos los «estándares de decencia humana», y declaraban que había «ridiculizado todos los valores morales humanos». Calificaban al terrorismo palestino (también conocido como «resistencia») de «virtuoso y justificado». En un intento de hacer el conflicto de Oriente Medio más narrable, lo compararon con la causa central que animaba a la izquierda occidental en aquel momento: la Guerra de Vietnam. Llamaban a todas las personas en el planeta a resistir la «propaganda imperialista-sionista» y expresaban su aprecio por la «progresista y amante de la paz» Unión Soviética y otros estados socialistas y países no alineados que «apoyaban la causa árabe».
El mensaje reverberó por todo el universo izquierdista global. El CPUSA, que estaba subsidiado casi en su totalidad por la Unión Soviética, publicó el discurso de Aptheker y ambas declaraciones íntegras en su revista teórica Political Affairs (Asuntos Políticos). El African Communist (Comunista Africano), el órgano trimestral con financiación soviética del Partido Comunista de Sudáfrica (SACP), que estaba profundamente conectado con el Congreso Nacional Africano (CNA), publicó un artículo llamado «Sionismo y el futuro de Israel», reflejando muy de cerca el lenguaje de la conferencia de Nueva Delhi, incluso con la palabra blitzkrieg. Su autor, que decía ser un sudafricano que vivía en Tel Aviv, acusó a los «fanáticos sionistas» de explotar el concepto bíblico de los judíos como pueblo elegido para avivar las llamas de la supremacía judía («chovinismo» en el lenguaje de hoy), al tiempo que equiparaba a Israel con el apartheid de Sudáfrica.
Lo que resulta tan interesante de esta propaganda soviética de hace medio siglo es lo idéntica que es al lenguaje que emana de la izquierda antiisraelí desde el 7 de octubre. La izquierda de hoy también habla de Israel como de un estado racista, imperialista y colonialista; lo equipara con la Alemania nazi y con la Sudáfrica del apartheid; denigra a los judíos por haberse convertido en opresores; y proclama el derecho inalienable de los palestinos a resistir a su opresión colonial por cualquier medio necesario.
Un vistazo rápido al Tercer Mundo financiado por los soviéticos, también conocido como el universo izquierdista de antaño, ayuda a poner muchas cosas en perspectiva: desde la desastrosa conferencia «antirracista» de la ONU en Durban, Sudáfrica, en 2001, que lanzó una nueva ola global masiva de demonización antiisraelí, al actual espectáculo grotesco de progresistas usando el «anticolonialismo» para justificar el asesinato en masa, la violación y el secuestro de civiles en una tierra en la que los judíos han vivido durante más de 3.000 años de su historia colectiva, tal y como se conmemora en las obras de los historiadores griegos y romanos, las inscripciones monumentales por los reinos vecinos, obras globalmente reconocidas como el Nuevo Testamento, el Corán y los Manuscritos del Mar Muerto y por monumentos mundialmente famosos como el Arco de Tito en Roma.
Lo que estamos presenciando no es tanto la aparición de un nuevo y aterrador fenómeno como la repetición estilo zombie de una propaganda subsidiada por el estado de un imperio muerto, el cual no fue precisamente conocido por decir la verdad; lo cual explica por qué el parloteo antiimperialista y anticolonialista de los estudiantes universitarios de hoy suena a déjà vu a los que crecimos en la URSS. Lo hemos oído todo ya: eslóganes antiimperialistas mezclados con antisionistas; antirracismo conectado con la demonización de los judíos; mantras sobre la «paz mundial» y la «amistad entre los pueblos» conectados con el fomento y la financiación de guerras en tierras lejanas. Un ejemplo en particular destaca como ilustración del profundo cinismo soviético respecto al Tercer Mundo: mientras pedían el boicot del régimen de apartheid en todos los foros internacionales, ni por un segundo Moscú dejó de comerciar con los diamantes de las empresas sudafricanas De Beers y Anglo American. A medida que la perestroika comenzaba y las prioridades de la política exterior soviética empezaron a cambiar, algunos en Moscú empezaron a tender la mano al régimen sudafricano para convencerlo de no ceder el poder a Nelson Mandela.
Aquellos que intentan explicar la enajenación antiisraelí actual de la izquierda apuntando a las últimas modas académicas, tales como la teoría crítica de la raza y la interseccionalidad, o a acontecimientos específicos del día, a menudo no ven que el mismo lenguaje utilizado por la izquierda antiisraelí actual para condenar al estado judío ha sido una parte convencional del discurso izquierdista durante décadas, y que se originó en la URSS. A finales de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado, escribió Stephen Norwood, la extrema izquierda estadounidense «denunció repetidamente a Israel como un régimen criminal similar a la Alemania nazi y apoyó con entusiasmo la campaña del movimiento de la guerrilla árabe para erradicar el estado judío». Tendencias similares se veían en el Reino Unido. «A comienzos de los años 70, en toda la izquierda británica era generalmente aceptado que el sionismo era una ideología racista y que Israel era comparable al apartheid de Sudáfrica», escribió Dave Rich en Antisemitism on the Campus: Past and Present (Antisemitismo en los campus: pasado y presente).
La extraordinaria fidelidad con la que los progresistas reproducen la antigua retórica y la retorcida lógica de la propaganda antisionista soviética, incluidas ficciones específicas y términos abusivos, plantea preguntas. ¿Cómo es posible que tal multitud de grupos por todo el mundo, desde todo tipo de comunistas y trotskistas hasta figuras políticas no alineadas, la nueva izquierda no comunista, panafricanistas y revolucionarios cubanos, adoptara este lenguaje de forma tan completa y simultánea? La respuesta es que siguieron a Moscú, que los captó a todos con una colosal campaña antisionista, publicando enormes cantidades de material impreso, comunicando estas ideas en retransmisiones multilingües por radio y usando canales mediáticos y diplomáticos para influir en las opiniones dentro de los países.
Pero el canal de transmisión más importante para la campaña antisionista soviética fue sin duda el Tercer Mundo; más específicamente un ecosistema que se formó en la intersección del movimiento poscolonial de los no alineados, la izquierda occidental, que miraba hacia tierras distantes exóticas y sus guerrillas como el futuro de la revolución y una cura para su propia alienación, y la URSS, que al mismo tiempo, en los años 60, empezó a ver a esta parte del mundo como fundamental para derrotar al «principal adversario» en la Guerra Fría: Estados Unidos.
Moscú no controlaba este ecosistema por completo, pero tenía herramientas de sobra con las que darle forma, la más importante de las cuales era la multitud de festivales internacionales de la juventud, los foros de solidaridad, las asambleas de mujeres y los congresos para el desarme nuclear que Moscú promovía en apoyo de sus objetivos de política exterior. «Simplemente es imposible enumerar todas las conferencias, campañas y otros eventos organizados por varios organismos internacionales con la ayuda de la Unión Soviética y otros países socialistas», escribió Irina Filatova y Apollon Davidson en su libro The Hidden Thread (El hilo oculto). Essop Pahad, prominente activista del CNA y miembro del Partido Comunista Sudafricano recuerda: «Podías tener una conferencia en Etiopía y alguien venía de Laos, Indonesia, Malasia, Camboya, Vietnam, etc. ¿De dónde sacaban todas estas personas el dinero? Los soviéticos y otros países socialistas lo pagaban todo, incluyendo los aviones que se contrataban».
Fue en conferencias financiadas por los soviéticos donde la izquierda occidental se relacionó con sus héroes revolucionarios del Tercer Mundo. Allí fue donde Moscú trabajó para inculcar su marca de antisionismo conspirativo uniéndolo a toda causa progresista del momento, convirtiendo a terroristas palestinos en causas célebres globales comparables a los activistas antiapartheid, a izquierdistas franceses y a las estrellas americanas del movimiento contra la guerra. Allí fue, en aquellos encuentros con todos los gastos pagados, donde se formaron narrativas y opiniones compartidas y se establecieron redes globales entre pares para transmitir esas narrativas y opiniones. En este ecosistema, ser antisionista y antiisraelí se volvió una señal de pertenencia igual que luchar contra el imperialismo, colonialismo, racismo, capitalismo y el apartheid.
Una cantidad sorprendente de figuras que han dado forma al discurso antiisraelí en años recientes llegaron a su mayoría de edad política dentro del ecosistema anticolonialista patrocinado por la Unión Soviética. Angela Davis es tan sólo una de tales figuras. Veterana de muchos años del CPUSA y destacado miembro del movimiento Black Power, debe mucha de su fama política y cultural a la inversión soviética en su imagen y carrera (en 1971 Moscú destinó aproximadamente el 5 por ciento de sus esfuerzos en propaganda a Davis). Conoció a Yasser Arafat en 1973 en un Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en Berlín, y atribuye la globalización de la causa palestina a la «poderosa fuerza del internacionalismo comunista» en África, Oriente Medio, Europa, Asia, Sudamérica y el Caribe. Davis sigue siendo un icono de la izquierda antiisraelí actual, y en una charla reciente posterior al 7 de octubre habló del «asesino poder del sionismo».
Otra figura icónica del movimiento Black Power, Stokely Carmichael, cuyas virulentas citas antisionistas son recordadas con frecuencia por sus admiradores actuales, incluyendo el pasado otoño en Harvard, también estaba influido profundamente por este ecosistema global. Entró en él por primera vez en una conferencia en Cuba en 1967. Cultivó una relación personal cercana con Fidel Castro, se embarcó en un peregrinaje por el Tercer Mundo a Vietnam y África, y vivió muchos años en Guinea y Ghana, creando relaciones estrechas con sus dictadores marxistas, Ahmed Sékou Touré y Kwame Nkrumah (ambos jugaron papeles importantes en el movimiento de los países no alineados).
Otro americano influyente producto de aquel ecosistema (es decir, que literalmente creció en él) es el ex enviado a Irán del Presidente Biden, Robert Malley, el cual está siendo investigado por el FBI por un supuesto mal uso de información clasificada, al compartirla con Irán. El padre de Malley, Simon, un judío egipcio y comunista, sirvió a Nasser, estableció relaciones estrechas con Arafat y Castro, y «dedicó su vida a las causas antiimperialistas y antiamericanas de movimientos de liberación nacionales del Tercer Mundo en Asia, África y Latinoamérica», escribe Hussein Aboubakr Mansour. Malley padre veía a Israel como «un malvado vestigio del colonialismo», y como editor de la revista parisina Africasia (luego renombrada Afrique Asie) tomó posturas radicales que no sólo eran «virulentamente» antiamericanas, antioccidentales y antiisraelíes, sino también abiertamente prosoviéticas, (su apoyo a la invasión soviética de Afganistán, una postura que era muy impopular en el mundo no alineado y típicamente indicador de un lazo soviético más profundo, es muy significativo a este respecto). Malley padre presumía de tener varias ciudadanías árabes y africanas, incluyendo una ciudadanía palestina honoraria, y llevó a su hijo en «viajes de turismo revolucionario» por el mundo poscolonial. De niño, Robert jugaba con el amigo de su padre, Arafat. Como estudiante en Yale escribió artículos condenando a Israel.
En el lado opuesto del Atlántico, algunos de los más fervientes seguidores de Jeremy Corbyn también son producto del ecosistema soviético. Incluyen a George Galloway, que visitó por primera vez los campos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Líbano en los años 70, quien ha hecho carrera con su odio desbocado a Israel, y que se refirió al día que la URSS cayó como el peor día de su vida; Ken Livingstone, quien tomó dinero del dictador no alineado Muammar Gaddafi para publicar un semanario que incluía varios artículos a favor de la OLP en cada número y demonizaba a Israel como reencarnación racista, genocida y apartheid de la Alemania nazi; y los antiguos consejeros de Corbyn, el estalinista Seumas Milne, que pasó su año sabático en Líbano y publicó un periódico prosoviético y a favor de la OLP llamado Straight Left, y Andrew Murray, un veterano con más de 40 años en el Partido Comunista de Gran Bretaña (CPGB), quien por un tiempo trabajó para la agencia de propaganda extranjera soviética Novosti. Corbyn emergió en la escena política británica como un joven activista laborista en los años 80, cuando las corrientes antiisraelíes y antisionistas en el partido ya habían sido alimentadas durante una década, y se unió a una organización que «rechazaba la existencia de Israel y hacía campaña para erradicar el sionismo del Partido Laborista», escribió Dave Rich en The Left’s Jewish Problem, Jeremy Corbyn, Israel and Antisemitism (El problema judío de la izquierda, Jeremy Corbyn, Israel y el antisemitismo).
Algunos de los líderes latinoamericanos que corrieron a condenar a Israel y a equipararlo con la Alemania nazi tras el 7 de octubre también son productos de aquella era. Lula Da Silva en Brasil ascendió por el escalafón de la política sindical alineada con el comunismo, y el presidente colombiano Gustavo Petro fue durante varios años miembro de una guerrilla izquierdista responsable del asesinato de 13 políticos.
En cuanto al CNA, el demandante tras la falsa demanda ante la Corte Penal Internacional que acusa a Israel de genocidio, ocupó un lugar de honor en aquel ecosistema, tanto como objeto de admiración por su lucha contra el apartheid, como por ser un grupo que disfrutaba de la relación más estrecha con Moscú entre todos los demás movimientos de liberación nacional que éste financiaba. El CNA convirtió a la Sudáfrica posapartheid en un país de «antisionismo financiado por el gobierno», con grupos de estudiantes musulmanes utilizando «terminología de estilo soviético» y eslóganes comunistas para atacar a estudiantes judíos. Cuando el veterano judío del CNA, Ronnie Kasrils, justificó el pogromo de Hamás del 7 de octubre basándose en que Israel era el opresor, estaba siendo completamente coherente con su papel en la izquierda radical liderada por Moscú, en oposición a la lucha contra el apartheid por parte de liberales occidentales.
La incorporación que China ha hecho de la propaganda antiisraelí a su agitación y propaganda antioccidental tras el 7 de octubre, y su reciente papel mediador en un acuerdo de unidad entre Hamás y Fatah ha sorprendido a muchos observadores; pero eso también es coherente con su larga historia en la Guerra Fría de apoyo a los palestinos y de condena a Israel y al sionismo como parte de sus ataques contra Occidente y los Estados Unidos, que eran incluso más radicales que los de la URSS. Y por supuesto no debemos olvidar a Mahmoud Abbas, quien escribió su disertación de tamaño panfleto equiparando al sionismo con el nazismo en un centro de estudios soviético dirigido por el arabista experto del KGB, Yevgeny Primakov, y encargado de desarrollar fundaciones «académicas» para la propaganda antisionista.
La creencia de que «la Guerra Fría podría ganarse en el Tercer Mundo» empezó a establecerse en Moscú a finales de los años 50. En 1960, el premier soviético Nikita Khrushchev pasó un mes con la delegación soviética en las Naciones Unidas en Nueva York, donde presenció cómo 17 nuevos estados se unían a la organización, 16 de ellos en África. «Escuchar al imperialismo occidental denunciado públicamente por líderes del Tercer Mundo en el corazón del capitalismo americano» dejó una impresión imborrable en el secretario general, escribieron Christopher Andrew y Vasily Mitrokhin en The World Was Going Our Way: The KGB and the Battle for the Third World (El mundo nos seguía: el KGB y la batalla por el Tercer Mundo). Khrushchev voló de vuelta a casa convencido de que la manera de «poner de rodillas» al imperialismo (y a los Estados Unidos) era apoyando la «sagrada lucha antiimperialista de las colonias y de los nuevos estados independientes». Dio las instrucciones apropiadas a los profesionales de la propaganda soviética. En 1961, el KGB adoptó la estrategia de usar «los movimientos de liberación nacional y las fuerzas del antiimperialismo» en un nuevo esfuerzo agresivo contra el «principal adversario en el Tercer Mundo: los Estados Unidos «.
La nueva estrategia de Khrushchev exigía una nueva postura internacional. Moscú reformó debidamente su imagen, descartando el compromiso con la ortodoxia ideológica y presentándose como un firme defensor de la paz, el progreso y el desarrollo a la vez que un virtuoso opositor al imperialismo, colonialismo y racismo; todos ellos asuntos que eran prioritarios para las nuevas naciones independientes. Las revistas soviéticas, traducidas a más y más idiomas, llegaban ahora prácticamente a todos los países del planeta (unas 400 disponibles tan sólo en Latinoamérica). Historias sobre los avances soviéticos en educación, salud pública, vivienda, agricultura, moda, ciencia y tecnología reemplazaron a los aburridos textos sobre marxismo-leninismo. Reportajes fotográficos a todo color de mujeres, niños, gimnastas, bailarinas y felices miembros de minorías étnicas asiáticas pintaban a la URSS como un país que miraba al futuro lleno de gente optimista y sonriente que disfrutaba de todos los beneficios de la modernidad industrial socialista. Los políticos y técnicos especialistas del Tercer Mundo acudían en masa para disfrutar de las visitas guiadas de Aldea Potemkin a la «periferia interior» soviética (Asia Central y el Cáucaso) para aprender cómo el gran pueblo ruso progresista ayudaba a sus atrasados hermanos no blancos a avanzar hacia la modernidad (pocos parecían ver esto como ejemplos de racismo e imperialismo soviético).
Lo que Moscú estaba vendiendo ahora a estos países no era una revolución proletaria, sino ayuda económica ofrecida con espíritu fraternal y supuestamente sin ninguna condición a cambio. «No interferimos en los asuntos internos de los países que reciben nuestra ayuda», proclamó un funcionario soviético en El Cairo en 1957. El significado real de esta proposición se revelaría unos años después, cuando el KGB convirtió el Tercer Mundo en base de operaciones y vehículo para medidas activas, manipulando en particular a los actores estatales más influyentes del movimiento de los países no alineados tales como India, Egipto, Ghana y Cuba. Nuevas restricciones ideológicas más suaves y ajustes teóricos permitieron a Moscú tratar con toda clase de nacionalistas, izquierdistas, islamistas y genocidas del Tercer Mundo. Este nuevo enfoque de la política exterior tuvo tanto éxito que a finales de los años 70 la URSS confiaba en que «el mundo nos seguía».
Moscú trabajó también para averiguar qué motivaba a la Nueva Izquierda no comunista. Una pista llegó en octubre de 1967, cuando 50.000 estudiantes americanos, la mayoría miembros de la Nueva Izquierda, que se reunieron ante el monumento a Lincoln para protestar contra la guerra de Vietnam, aprovecharon la oportunidad para rendir tributo a Che Guevara, recientemente ejecutado por fuerzas bolivianas entrenadas por Estados Unidos. El espectáculo debió de emocionar a Moscú, que había visto a Guevara como un «guerrillero fantasioso, valiente pero incompetente»; pocas lágrimas derramó por él. Cuando una encuesta reveló que más estudiantes americanos «se identificaban con el Che que con cualquier otra figura, viva o muerta, el KGB supo que había recibido un regalo. En los años siguientes, incorporaría el mito de Che en su «campaña de medidas activas contra el imperialismo americano». La vergonzosa adoración de la Nueva Izquierda a los militantes y déspotas del Tercer Mundo como si fueran héroes ofrecería numerosos regalos como éste.
La tropa antiimperialista que Moscú tenía en aquel momento a su disposición era abigarrada, y en las numerosas conferencias, seminarios y festivales que promovía se aseguró de ofrecer un poco para todos. Los fanfarrones no alineados recibieron brillantes focos mediáticos y un púlpito desde el que arengar al imperialismo americano. Los Nuevos Izquierdistas se codearon con sus héroes revolucionarios en entornos emocionantes y auténticamente no capitalistas. Los comunistas ortodoxos podían tomar parte en acérrimas discusiones teóricas. Pasar días en lugares exóticos estrechando lazos con sus pares normalizaba perspectivas radicales, convirtiendo las opiniones más extremas en sabiduría convencional. Reconociendo los sentimientos complicados que la URSS despertaba entre muchos de este grupo, Moscú mantuvo su participación en un segundo plano, utilizando organizaciones tapadera para organizar y dirigir los espectáculos.
Para cuando el antisionismo subió a lo más alto de sus prioridades ideológicas en junio de 1967, Moscú tenía un ecosistema preparado con miembros receptivos listos para condenar cualquier cosa occidental, americana e imperialista, así como un método comprobado para socializar las nuevas ideas antiisraelíes entre ellos.
Moscú no fue el primero en introducir la demonización antiisraelí en el discurso revolucionario del Tercer Mundo: los países árabes empezaron a hacerlo en el momento mismo que se estableció el Estado de Israel. Los soviéticos tampoco se volvieron antisionistas de repente en1967; la Sionofobia ideológica había sido parte de la visión soviética desde los primeros días de los bolcheviques. Pero la aplastante derrota de los aliados árabes de la Unión Soviética en la Guerra de los Seis Días creó una enorme crisis de confianza en Moscú. A medida que los judíos soviéticos empezaron a demandar el derecho a emigrar, y los judíos por todo el mundo se unieron en una campaña en nombre suyo, Moscú convirtió el sionismo en un hombre del saco que amenazaba sus intereses en todas partes a la vez. En la febril imaginación de la cabeza del KGB, Yuri Andropov, el sionismo era una fuerza global antisoviética y antisocialista, y la única manera de derrotarlo era atacándolo globalmente.
Podemos obtener una imagen vívida del enfoque de Moscú para solucionar su problema sionista de un artículo llamado «Anatomy of Israeli Aggression» (Anatomía de la agresión israelí), el cual apareció en World Marxist Review (Revista Marxista Mundial), la edición inglesa de la revista teórica soviética con base en Praga Problems of Peace and Socialism (Problemas de la Paz y el Socialismo). Publicada en 40 idiomas y distribuida en 145 países, la revista llegaba aproximadamente a medio millón de los izquierdistas más comprometidos en el mundo. El autor del artículo, Yevgeny Yevseyev, era uno de los ideólogos clave de la nueva marca de antisionismo soviético: los llamados sionólogos.
El artículo informaba sobre la «Segunda Conferencia Internacional en Apoyo de los Pueblos Árabes», que tuvo lugar en El Cairo en enero de 1969. Organizada conjuntamente por el Consejo Mundial de la Paz y la Organización para la Solidaridad con los Pueblos Afroasiáticos (AAPSO), recibió el patrocinio personal de Nasser. Al igual que hacía 14 meses en Nueva Delhi, las estrellas del Tercer Mundo y del movimiento no alineado estaban allí, incluyendo el indio Krishna Menon; la primera primera ministra femenina del mundo, Sirimavo Bandaranaike de Ceylán; e Isabelle Blume, exjefa del Partido Comunista de Bélgica y ganadora del Premio Internacional de Stalin por Fortalecer la Paz entre los Pueblos, quien tenía como amigos a Ho Chi Minh, Mao Zedong, Indira Gandhi y Salvador Allende. La OLP y Fatah también estaban allí.
Yevseyev aclamó la conferencia de El Cairo como «una poderosa demostración de las fuerzas antiimperialistas en apoyo de la lucha de los pueblos árabes». Delegados de 74 países y 15 organizaciones internacionales, incluyendo a Francia, Italia, Suecia, Latinoamérica, África y Asia se unieron, escribió, para hablar del sionismo como «fuerza activa pero hábilmente oculta» que se dedicaba a una «lucha mundial contra los movimientos de liberación nacional, el comunismo y otras fuerzas democráticas». Habiendo postulado esta noción fundamentalmente conspiratoria, Yevseyev buscó desmontar la idea de Israel como un «estado pequeño y débil» rodeado de vecinos hostiles. Escribió: «En realidad, Israel era una fuerza agresiva y belicista, fuente de tensión en Oriente Medio».
Yevseyev alabó la conferencia por desenmascarar al sionismo «como correa de transmisión del imperialismo mundial», una «forma moderna de fascismo» y una expresión reaccionaria del capitalismo tardío; lo cual naturalmente revelaba a Israel como el heredero fascista de Hitler: «La aplicación práctica de la doctrina sionista en Oriente Medio», explicó, inevitablemente suponía «el genocidio, racismo, perfidia, engaño, agresión y la anexión»; en otras palabras, «todos los atributos del fascismo que nos devuelven a los días de Hitler». La palabra genocidio apareció en un texto dos veces, ayudando a solidificar el lazo entre Israel y la Alemania nazi y sentando las bases para su uso indiscriminado en la futura propaganda antiisraelí.
Yevseyev dedicó una parte de su artículo a retratar al sionismo como el enemigo de los pueblos africanos (socavar las incipientes relaciones de Israel, como marioneta de Estados Unidos, con los nuevos estados independientes de África era una prioridad soviética en la región). «Agentes sionistas disfrazados de especialistas buscaban infiltrar la prensa, sindicatos e instituciones educativas de los países africanos», escribió Yevseyev, usando una de las retóricas favoritas del KGB. Jugando con los principales temores de las jóvenes naciones, anunció que el verdadero objetivo de la «política sionista de Israel» en África era «arrancar hasta los brotes más tiernos de independencia» entre ellos. Mientras tanto, la propaganda sionista buscaba «enfrentar unos pueblos contra otros y así impedir una paz genuina y duradera en la zona».
Yevseyev entonces procedió a exponer un programa de acción que la conferencia adoptó. En primer lugar en la agenda estaba el establecimiento de una comisión «para investigar las atrocidades israelíes» y etiquetar a Israel como una plataforma para lanzar la agresión imperialista contra la «lucha por la libertad y el progreso». Luego estaba la movilización de «la opinión pública mundial» contra Israel contrarrestando «la propaganda imperialista y sionista generalizada» con «información veraz y detallada» sobre el conflicto. También era importante construir un apoyo global a los palestinos, particularmente en Europa, donde faltaba todavía dicha información veraz. Los comités nacionales debían recaudar fondos y organizar proyecciones, exhibiciones y programas de radio y televisión para mantener a su público informado de las «actividades de estas organizaciones de resistencia», mientras se organizaban visitas de «prominentes personalidades políticas y públicas árabes y representantes del movimiento de resistencia palestina a tantos países como fuera posible». Mientras, era crucial explicar al mundo que el movimiento propalestino no se dirigía contra los judíos, sino contra el sionismo, que representaba una «amenaza constante a la paz y seguridad universales».
La exactitud con la que el artículo de Yevseyev describía las actuaciones de la conferencia era menos importante que el mercadeo por Moscú de esa narrativa por el mundo, señalando que condenar al sionismo de esta manera resultaba ahora imperativo para todas las personas progresistas. Se necesitaría un proyecto separado para identificar hasta qué punto se seguían las recomendaciones de la conferencia. Pero en al menos un país cuyos delegados asistieron al evento, el Reino Unido, las cosas pronto tomarían un camino que complacería a hombres como Yuri Andropov.
Merece la pena reflexionar un momento sobre cómo estas exhibiciones de propaganda soviética se organizaban. Desde el Consejo Mundial de la Paz hasta la Unión Internacional de Estudiantes, la Federación Sindical Mundial o la Federación Democrática Internacional de Mujeres, los supuestos patrocinadores eran organizaciones públicas con una afiliación conjunta de cientos de millones de personas, financiadas por países comunistas, principalmente la URSS y el bloque socialista. Abiertamente organizadas para unificar a la gente en todo el mundo alrededor de asuntos o intereses específicos, su verdadero objetivo era movilizarlos alrededor de las prioridades de la política exterior soviética, que les ganó el nombre de organizaciones tapadera comunistas. La Federación Sindical Mundial por sí sola, por ejemplo, escribió Baruch Hazan, contaba con 140 millones de miembros «altamente disciplinados» y publicaba varias «revistas, boletines y panfletos que se distribuían entre unos 70 a 125 países».
Durante el tiempo en que había crisis internacionales, escribe Hazan, todas las principales tapaderas declaraban inmediatamente su apoyo incondicional a la postura soviética sobre el asunto en cuestión. Por ejemplo, cuando estalló la guerra de Yom Kippur en 1973 todos las tapaderas «denunciaron a Israel al cabo de unos pocos días, a menudo exactamente con las mismas palabras», y exigían que «todas las organizaciones públicas en todos los países lanzaran una amplia campaña de protesta contra las bárbaras acciones del ejército israelí». Dado su alcance y su estatus abiertamente neutral, las tapaderas ofrecían una infraestructura crucial para las ofensivas ideológicas internaciones soviéticas. Cualquiera que fuera el asunto (la guerra de Vietnam, Angela Davis, o la campaña para desacreditar a Aleksandr Solzhenitsyn) las tapaderas cooperaban entre sí y podían contar con una «publicidad entusiasta y amistosa en toda la prensa de orientación comunista en todo el mundo».
Cuando se trataba de apropiarse de la agenda política del Tercer Mundo la principal herramienta de Moscú era la Organización de Solidaridad con los Pueblos de África y Asia (OSPAA), que nació en 1957 como una rama del Consejo Mundial de la Paz. La principal publicación del grupo, el Boletín Afroasiático, continuamente retrataba a Israel como «una creación y herramienta del imperialismo implantada artificialmente en Palestina para dividir a los pueblos africanos, árabes y asiáticos, subvertir su búsqueda de independencia y penetrar sus economías para el capitalismo occidental», escribió Dave Rich.
En enero de 1969, justo antes de la reunión entre el Consejo Mundial de la Paz y la OSPAA en El Cairo, los dos grupos dirigieron conjuntamente la Conferencia Internacional en Apoyo de los Pueblos de las Colonias Portuguesas y del Sur de África en Jartum, Sudán. Según la cobertura de la revista Comunista Africano, reunió a 200 delegados de más de 50 países, incluyendo India, Egipto, Cuba, Vietnam y todo el bloque socialista. Nasser, Indira Gandhi y Kwame Nkrumah enviaron saludos. Líderes de todos los movimientos de liberación clave africanos financiados por Moscú estaban allí (el CNA, el FRELIMO de Mozambique, el SWAPO de Namibia y el MPLA de Angola), así como el Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur y, por supuesto, la OLP y Fatah.
Aunque la conferencia se centraba en el colonialismo y el apartheid en África, la declaración que adoptó incluía una condena de la «agresión sionista apoyada por el imperialismo» contra «los fraternales pueblos árabes». Ponentes en la conferencia hablaron «de una lucha global antiimperialista que incluía a Palestina», y el delegado del CNA acusó a Israel de proporcionar apoyo directo al régimen del apartheid. Documentos de la conferencia «repetidamente hacían referencia» a la guerra de Estados Unidos contra Vietnam, «fomentando el estatus de la Unión Soviética como superpotencia favorita en estos círculos» y asociándola con la lucha palestina contra «el sionismo reaccionario y los agresores sionistas».
Entre los delegados tanto de la conferencia de Jartum como la de El Cairo estaba un activista antiapartheid británico de 21 años llamado Peter Hellyer. Miembro de los Jóvenes Liberales, la rama estudiantil del Partido Liberal Británico, estaba «embelesado por la presencia de líderes de todos los movimientos de liberación sudafricanos». Tras los dos eventos, Hellyer realizó un viaje a Líbano y Jordania organizado por la Liga Árabe. Volvió a casa convencido de la relación entre Sudáfrica e Israel y de que el «inconsciente apoyo a Israel» por parte de Occidente necesitaba revisarse. Se iba a convertir en uno de los activistas más influyentes de la escena propalestina británica de los años 70, ayudando a convertir a los Jóvenes Liberales en la primera organización de la izquierda británica en «exigir que se excluyera a los sionistas de las principales estructuras políticas», escribió Rich.
Otro británico trotamundos que asistió a Jartum era Andrew Faulds, un escocés miembro del parlamento por el Partido Laborista. Al igual que Hellyer, Faulds entró en el movimiento propalestino a través del activismo antiapartheid. Dato importante, Faulds era un británico firmemente convencional, trabajando para la causa palestina como parte del Comité Laborista para Oriente Medio, del que fue cofundador con otro centrista (y definitivamente anticomunista), el político laborista Christopher Mayhew. Faulds y Hellyer estaban encantados de atacar a la BBC, a la que veían como víctima de la propaganda sionista. Un avance llegó en 1976, cuando la BBC retransmitió un programa producido y presentado por Hellyer y Faulds, entre otros activistas, titulado The Right of Return (El derecho al retorno), al que un periódico británico describió como «el programa antiisraelí más extremista que jamás se había retransmitido en la televisión occidental». El secretario general de Fatah, Farouk Kaddoumi, lo proclamó «la mejor película que había visto nunca sobre el tema palestino».
Se apuntaron otro éxito al atraer a los poderosos sindicatos británicos a la campaña propalestina. A mediados de los 70, delegaciones sindicales británicas de alto nivel viajaban a Egipto y Líbano (el activismo político antiisraelí de George Galloway empezó en uno de estos viajes). También atrajeron a judíos antisionistas a sus actividades. Fue esta mezcla a principios de los 70 de radicales y centristas, incluyendo a Hellyer y Faulds, la que, según el académico británico James Vaughan, introdujo en el país un «nuevo lenguaje de antisionismo enormemente influyente y controvertido», incluyendo temas raciales, acusaciones de que Israel era un estado de apartheid igual que Sudáfrica y equiparando a Israel con la Alemania nazi. Este lenguaje pasaría a ser su legado; pero por supuesto ellos no lo inventaron: simplemente lo trajeron de las reuniones izquierdistas del Tercer Mundo financiadas por la Unión Soviética.
En pocos años, la campaña global antisionista puesta en marcha por la derrota árabe en 1967 parecía imparable. Un flujo continuo de eventos internacionales atrincheraba cada vez más la idea de que el sionismo era el enemigo de todas las causas progresistas en el universo izquierdista del Tercer Mundo.
Aquí hay unos pocos eventos públicos que tuvieron lugar sólo en 1973. En aquel año, sionólogos soviéticos (todos ellos asociados con la inteligencia soviética y el aparato de seguridad estatal, incluyendo a Yevseyev y al futuro consejero de la disertación de Mahmoud Abbas, Vladimir Kiselyov) participaron en al menos tres eventos «científicos» sobre el sionismo organizados en Oriente Medio: dos en Bagdad y uno en El Cairo (en El Cairo, Yevseyev pronunció un discurso en árabe titulado «Oriente Medio en los Planes Sionistas e Imperialistas»). Ese mismo año, Gadafi organizó una Conferencia Internacional de la Juventud Europea y Árabe con todos los gastos pagados en Trípoli, Libia. Entre los 200 delegados de 55 países había unos 20 jóvenes británicos, incluyendo a miembros del Sindicato Nacional de Estudiantes, que contactaron con grupos afiliados a la OLP y Fatah con base en Londres.
Sin embargo, el evento público antisionista en el Tercer Mundo más importante de 1973 fue sin duda la masiva y ostentosa cuarta Cumbre de los Países No Alineados, que se celebró en Argel en septiembre. Allí, se condenó a Israel y al sionismo con términos antiimperialistas, anticolonialistas, antirracistas y antioccidentales delante de 54 jefes de estado y delegados de 75 países que representaban a una población total de 2 mil millones de personas (fue en esta cumbre donde Castro públicamente cortó relaciones con Israel). Entre los invitados estaba el Secretario General de la ONU Kurt Waldheim, antiguo nazi que participó en la aniquilación de la comunidad judía de Salónica, una comunidad con 2.000 años de antigüedad, y que presidiría, dos años más tarde, la adopción de la resolución de la ONU «Sionismo es racismo». La cumbre «marcó el comienzo» del movimiento de los países no alineados «como bloque de votos» dentro de las Naciones Unidas, observó un antiguo ejecutivo estadounidense de la ONU. En su estela, los diplomáticos estadounidenses «haciendo presión política entre las delegaciones del Tercer Mundo» por primera vez se encontraron «rechazados con la explicación de que no podían ir contra las posiciones a las que se habían comprometido en Argel».
Ese otoño también, la Asamblea General de la ONU aprobó una resolución que condenaba «la infame alianza entre el colonialismo portugués, el racismo sudafricano, el sionismo y el imperialismo israelí». Pronto, más de 30 estados de la África negra habían roto relaciones con Israel, a pesar de la larga historia de Israel ayudando al Tercer Mundo.
Y eso no fue todo. En la Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer de la ONU celebrada en Ciudad de México en julio de 1975 una declaración «sobre la igualdad de las mujeres y su contribución al desarrollo y la paz» llamaba a la eliminación del sionismo junto con el colonialismo, neocolonialismo, apartheid y la discriminación racial. Al siguiente mes, los ministros de asuntos exteriores de los países no alineados se reunieron en Lima, Perú, para denunciar a los Estados Unidos «y otras potencias imperialistas» por su apoyo al «régimen sionista» de Israel y condenaron su «intención deliberada» de usar Israel como una «base del colonialismo e imperialismo dentro del Tercer Mundo» y como un arma contra los movimientos de liberación nacional; una política que ayudaba a «consolidar regímenes racistas, amenazar la paz y seguridad de los países en vías de desarrollo y a saquear sus recursos naturales».
Para cuando la resolución «sionismo es racismo», presentada por la Somalia dominada por los soviéticos, se votó en las Naciones Unidas en noviembre de 1975, dos tercios del planeta (el Tercer Mundo y el bloque socialista) se había vuelto en contra de Israel en menos de una década.
Es razonable preguntarse qué movió a todos esos países, con sus diferentes agendas y lealtades, a asumir una postura tan unificada sobre Israel; un país que no tenía importancia alguna para la mayoría de ellos. Sin duda, algunos lo hicieron por convicción ideológica, otros por solidaridad del Tercer Mundo con los estados árabes. Pero para muchos, un puro cálculo político entraba en juego también. La posición antiIsrael demostró ser una moneda de cambio sin coste alguno que podía intercambiarse por algo valioso, tal como la ayuda económica árabe o el apoyo soviético.
Al final de la década, el antisionismo por reflejo se había convertido en la prueba definitiva de pertenencia y unidad en la lucha de la izquierda global. Reuniones entre funcionarios soviéticos y del Tercer Mundo en Moscú concluían invariablemente con promesas de luchar contra «el imperialismo, el sionismo y la reacción mundial». En la Cumbre de los Países No Alineados de La Habana en 1979, el presidente entrante Fidel Castro mencionó el sionismo cinco veces, postulándolo como uno de los principales obstáculos en las aspiraciones de los países poscoloniales y como un enemigo total de la paz. Se convirtió en un insulto también: durante la guerra entre Irán e Irak, que estalló en 1980, los dos países se acusaron mutuamente de ser marionetas del «sionismo internacional» (un derivado políticamente aceptable de «judería internacional» de los Protocolos de los Sabios de Sion, ampliamente popularizado por la propaganda soviética).
La caída de la URSS al final de los años 80 hizo detenerse el ecosistema del Tercer Mundo izquierdista. Sin el dinero soviético, su fuerza intelectual ideológica y su músculo organizativo nada de eso podía funcionar. Muchas de las publicaciones izquierdistas entraron en bancarrota, y muchas carreras de izquierdistas terminaron o cambiaron curso entre 1989 y 1991. Sin embargo, parece que hubo poca introspección en esos ámbitos. Al contrario, muchos desaprobaron los cambios políticos en la URSS y se emocionaban nostálgicos del pasado. ¿Y por qué no habrían de hacerlo? Todos se beneficiaron personal y profesionalmente del dinero robado a los ciudadanos de a pie soviéticos y apenas pensaron en ello.
El ejemplo del CNA es ilustrador. Además de un exhaustivo entrenamiento militar, la URSS daba a los miembros del CNA becas para estudiar en universidades soviéticas, trataba a sus líderes en exclusivos hospitales reservados para los mandamases del Kremlin y enviaba a sus hijos al exclusivo campamento de verano Artek en Crimea. Ronnie Kasrils, antiguo líder del ala militar del CNA, que ensalzó el pogromo de Hamás del 7 de octubre, admitió que nunca se le ocurrió que se les tratara como «visitantes privilegiados» y que la gente normal pudiera vivir de modo diferente. Años más tarde, veteranos del CNA todavía recordaban con afecto su experiencia soviética. En sus mentes la URSS había «pertenecido a ellos tanto como lo había hecho a los mismos soviéticos».
Activistas e intelectuales que crecieron en el ecosistema soviético convirtieron su experiencia internacionalista en carreras académicas, periodísticas y políticas de éxito, transmitiendo su «antiimperialismo de idiotas» a la siguiente generación de estudiantes y seguidores. Ninguno de ellos se vio obligado a reconsiderar sus ideas; y no está claro que lo pudieran haber hecho, dado su condicionamiento.
De algún modo, la América liberal ha estado durmiendo durante todo esto. Habiendo ganado la Guerra Fría, ni siquiera se molestó en desarmar y desacreditar las ideas a las que se opuso, tal y como hizo tras derrotar a la Alemania nazi. Demasiados intelectuales americanos habían sido izquierdistas o tenían padres izquierdistas o habían sido compañeros de viaje de causas izquierdistas para querer mirar demasiado de cerca la podredumbre moral y física del imperio que América había derrotado; una victoria que además pertenecía al archienemigo de la izquierda americana: Ronald Reagan. ¿Por qué darles crédito a Reagan y sus amigos anticomunistas y McCarthistas trogloditas por haber tenido razón?
El hecho de que la izquierda haya mantenido el lenguaje soviético de la lucha antisionista, hasta incluso conservar los mismos epítetos forzados, a pesar del colapso y la desaparición de la Unión Soviética es testimonio del desencanto de los liberales occidentales con lo que deberían haber recordado como una lucha heroica y con profundo significado que rescató a casi mil millones de personas en todo el mundo de la esclavitud totalitaria. También es testimonio de la duradera utilidad del antisionismo como herramienta política. Durante la Guerra Fría, esta ideología ayudó a unir actores políticos con agendas tan diferentes como para ser virtualmente irreconciliables; continúa haciendo lo mismo hoy en día. El antisionismo permite a la izquierda occidental aliarse con yihadistas, que representan exactamente lo opuesto a lo que la izquierda siempre ha dicho representar. Que estas políticas e ideologías primitivas e inmorales, formadas por regímenes antiliberales, antioccidentales y antidemocráticos con la sangre de millones de personas en sus manos, se presenten a jóvenes americanos como el principal paradigma para darle sentido al mundo es una escandalosa ironía histórica.
América, por supuesto, no es la Unión Soviética, y hay mucho que los judíos americanos pueden hacer para luchar contra esta propaganda mohosa que ahora emana de los centros de poder dentro de su propia sociedad. Como cualquier película de terror de clase B podría decirte, luchar contra zombies es un trabajo ingrato. Pero hacer nada es una opción incluso peor.
Izabella Tabarovsky es una estudiosa del antisionismo soviético y del antisemitismo contemporáneo de izquierdas. Es Miembro Principal del Z3 Institute for Jewish Priorities (Instituto Z3 de Prioridades Judías) y Miembro Investigador del London Centre for the Study of Contemporary Antisemitism (Centro Londinense para el Estudio Contemporáneo de Antisemitismo) y del ISGAP (Instituto para el Estudio de Antisemitismo Global y Política). Pueden seguirla en Twitter IzaTabaro.
Original publicado en TABLETMAG: https://www.tabletmag.com/sections/arts-letters/articles/zombie-anti-zionism



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